El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.134
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El trozo de tela recogido en Greenwich estaba en su bolsillo. No tenía la menor intención de mostrarlo en su propio provecho. Por el contrario, quería saber qué era lo que Mr. Verloc estaba dispuesto a decir por propia voluntad. Esperaba que la conversación con Verloc sirviese para incriminar a Michaelis. En el fondo era una esperanza conscientemente profesional, pero no sin valor moral específico. Porque el jefe Inspector Heat era un servidor de la justicia. Al no encontrar a Verloc en su casa, se sintió desilusionado.
-Lo esperaría un rato, si supiera que no va a tardar- dijo.
Mrs. Verloc no podía dar seguridades de ninguna índole.
-La información que necesito es muy privada- repitió el hombre-. ¿Comprende lo que quiero decir? ¿Usted podría decirme adónde ha ido?
Mrs. Verloc sacudió la cabeza.
-No sé decir.
Y se dio vuelta para acomodar algunas cajas en los estantes que había detrás del mostrador. El jefe Inspector Heat la miró pensativo por un rato.
-Supongo que usted sabe quién soy yo dijo.
Mrs. Verloc lo miró por encima del hombro. El jefe Inspector Heat estaba asombrado ante su frialdad.
-¡Vamos! Usted sabe que estoy en la policía- dijo con brusque-dad.
Eso no me perturba demasiado- explicó Mrs. Verloc, volviendo a acomodar sus cajas.
-Mi nombre es Heat. Jefe Inspector Heat de la sección Crímenes Especiales.
Mrs. Verloc arregló con gracia, en su lugar, una pequeña caja de cartón y dándose vuelta lo enfrentó otra vez, con los ojos quietos y las manos ociosas colgándole hacia abajo. Reinó el silencio por un momento.
-Así que su marido salió hace un cuarto de hora. ¿Y no dijo cuándo iba a volver?
-No salió solo dejó caer Mrs. Verloc con negligencia.
¿Un amigo?
Mrs. Verloc se tocó el peinado, en la nuca; estaba en perfecto or-den.
-Un extranjero que vino a buscarlo.
-Ya veo. ¿Qué clase de hombre era ese extranjero? ¿No le molesta decírmelo?
A Mrs. Verloc no le molestaba. Y cuando el jefe Inspector Heat oyó hablar de un hombre moreno, delgado, con cara larga y mostachos retorcidos, dio muestras de perturbación y exclamó:
-¡Que me maten si se me había ocurrido! No perdió nada de tiempo.
En lo profundo de su corazón sentía un intenso disgusto ante la conducta extraoficial de su jefe inmediato. Pero él no era un Quijote. Y perdió todo deseo de esperar el regreso de Mr. Verloc. Para qué habían salido, no lo sabía, pero se imaginaba que era posible que volvieran juntos. No se está siguiendo el caso como corresponde, se están me
tiendo en este asunto, pensó lleno de amargura.
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