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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.132

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-Adolf- llamó ella a media voz; y cuando él se incorporó-: ¿cono­ces a ese hombre?- preguntó con rapidez.
-Oí hablar de él- susurró con dificultad Mr. Verloc, asaeteando con miradas salvajes la puerta.
Los bellos ojos indiferentes de Mrs. Verloc se iluminaron con un relámpago de repugnancia.
-Uno de los amigos de Karl Yundt... ¡ese viejo bestia!
-¡No! ¡No!- protestó Mr. Verloc mientras pescaba con trabajo su sombrero. Pero cuando lo sacó de debajo del sofá, lo agarró como si no supiera cómo usarlo.
-Bien... te está esperando- dijo Mrs. Verloc por fin-. Me pregunto, Adolf ¿no es uno de esos tipos de la Embajada por los que te estás preocupando hace rato?
-Preocupándome por los tipos de la Embajada- repitió Mr. Ver­loc, con un grave conato de sorpresa y temor-. ¿Quién te ha hablado de la gente de la Embajada?
-Tú mismo.
-¡Yo! ¡Yo! ¡Te hablé de la Embajada!
Mr. Verloc estaba asustado y horrorizado más allá de toda medi­da. Su mujer explicó:
-Últimamente has estado hablando en sueños, Adolf.
-¿Qué... qué dije? ¿Qué sabes?
-No mucho. Parecían más bien disparates. Lo bastante como para adivinar que algo te preocupaba.
Mr. Verloc se puso el sombrero. Una llamarada de ira le recorrió la cara.
-Disparates ¿eh? ¡La gente de la Embajada! Quisiera arrancarles el corazón a uno por uno. Pero ya verán. Tengo una lengua en mi cabe­za.
Estaba lleno de ira, caminando de un lado a otro entre la mesa y el sofá, con el abrigo desabotonado golpeando contra todos los ángu­los. La llama de ira se debilitó y le dejó blanca la cara, mientras las ventanas de la nariz le palpitaban. Mrs. Verloc, con criterio práctico, achacó todo eso al resfrío.
-Bien- dijo- quítate de encima ese hombre, quienquiera sea, tan pronto como puedas y vuelve a mi lado. Necesitas estar en cama un día
o dos. Mr. Verloc se aquietó y con la decisión impresa en su pálido ros­tro, había abierto ya la puerta cuando su mujer lo llamó con un susurro:
-¡Adolf! ¡Adolf!- volvió, asustado. ¿Dónde está el dinero que reti­raste?- preguntó- ¿Lo tienes en el bolsillo? ¿No sería mejor...?
Mr. Verloc echó una mirada estúpida a la palma de la mano ex­tendida de su mujer y sólo un minuto después se golpeó la frente.
-¡Dinero! ¡Sí! ¡Sí! No entendía qué me querías decir.
Sacó del bolsillo interno un libro nuevo de bolsillo, encuadernado con cuero de chancho. Mrs. Verloc lo recibió sin decir nada y se quedó parada hasta que la campanilla, tintineando detrás de Mr. Verloc y del visitante de Mr.


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