El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.131
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Verloc. Y no se animaba a tocar su abrigo.
Sin una palabra, Winnie se encaminó al negocio; cerrando a sus espaldas la puerta, caminó detrás del mostrador. No miró en forma abierta al comprador hasta que estuvo bien sentada sobre la silla. Pero para entonces ya había notado que el hombre era alto y delgado y usa-ba los mostachos retorcidos hacia arriba. De hecho, en ese momento se los estaba retorciendo. Su larga cara huesuda emergía de un cuello levantado. Estaba un poco embarrado, un poco mojado. Un hombre oscuro, con la línea de la mandíbula bien definida por debajo de las sienes apenas hundidas. Un extraño. Tampoco era un cliente.
Mrs. Verloc lo miró con placidez.
-¿Ha venido desde el continente?- dijo luego de un rato.
El alto y delgado extranjero, sin mirar a la cara a Mrs. Verloc contestó con una débil y particular sonrisa.
La mirada fija e indiferente de Mrs. Verloc se demoró en él.
-¿Entiende inglés, no?
-Oh, sí. Entiendo inglés.
No había nada extranjero en su acento, excepto que parecía hacer su enunciado con lentitud, como si le costara trabajo. Y, en su variada experiencia, Mrs. Verloc llegó a la conclusión de que algunos extranjeros pueden hablar inglés mejor que los nativos. Mirando con fijeza la
puerta del salón, dijo:
-¿Piensa quedarse por un tiempo en Inglaterra?
El extranjero le dedicó otra vez una sonrisa silenciosa. Tenía una boca gentil y ojos exploratorios. Y asintió con cierta tristeza, al parecer.
-Mi marido lo verá en otro momento. Entretanto, por unos días, usted no puede hacer nada mejor que alojarse en casa de Guigliani. El lugar se llama Hotel Continental. Es privado, tranquilo. Mi marido lo irá a buscar allí.
-Es una buena idea- dijo el hombre delgado y oscuro, cuya mirada de pronto se endureció.
-¿Usted conoció antes a Mr. Verloc, no? ¿Tal vez en Francia?
-Oí hablar de él- admitió el visitante con su tono lento, trabajoso, que reflejaba una incisiva intención.
Hubo una pausa y luego el hombre habló otra vez, de un modo mucho menos elaborado.
-¿Su marido no estará esperándome en la calle, por casualidad?
-¡En la calle!- repitió con sorpresa Mrs. Verloc-. No puede. No hay otra salida en la casa.
Por un momento se mantuvo sentada e impasible, luego dejó la silla y fue a atisbar por los vidrios de la puerta. De pronto la abrió y desapareció en el salón.
Mr. Verloc no había hecho otra cosa que ponerse su sobretodo. Pero su mujer no podía entender por qué tanto rato después estaba tirado sobre la mesa, apoyándose en los dos brazos como si se fuera a desvanecer o estuviera enfermo.
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