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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.130

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También tuvieron la necedad de las cosas innecesarias. En rigor, no había querido decir eso para nada. Fue una especie de frase sugerida por un demonio de per-versa inspiración. Pero conocía un modo de lograr que eso pasara por no dicho.
Volvió la cabeza por encima del hombro para observar a ese hombre plantado con pesadez frente al hogar, y le regaló una mirada mitad traviesa; mitad cruel, de sus grandes ojos... una mirada de la cual la Winnie de la casa de Belgravia no hubiera sido capaz, porque era formal e ignorante. Pero el hombre era su marido ahora y ella ya no era ignorante. Mantuvo los ojos todo un segundo sobre su grave rostro inmóvil como una máscara, mientras decía, retozona:
-No podrías. Ibas a extrañarme demasiado.
Mr. Verloc dio un paso atrás.
-Exactamente- dijo con voz grave, extendiendo sus brazos y dan-do un paso, hacia ella. Algo salvaje y dudoso en su expresión hacía pensar si se disponía a estrangular o a abrazar a su mujer. Pero Mrs. Verloc no atendió a esa manifestación ya que oyó sonar la campanilla del negocio.
-Campanilla, Adolf. Ve tú.
Él se detuvo y sus brazos bajaron lentos.
-Ve tú- repitió Mrs. Verloc-. Yo tengo puesto el delantal.
Mr. Verloc obedeció como si fuera un tronco, los ojos endureci­dos, como un autómata cuya cara hubiese sido pintada de rojo. Y este parecido de Verloc con un objeto mecánico tenía el absurdo aire de un autómata: se hubiera dicho que era consciente de su maquinaria inter-na.
Su marido cerró la puerta del salón y Mrs. Verloc, moviéndose con rapidez, llevó la bandeja con las cosas a la cocina. Todavía lavó las tazas y alguna cosa más antes de parar su trabajo para escuchar. No le llegaba ningún sonido. El cliente estaba en el negocio hacía rato. Debía ser un cliente, porque de lo contrario Mr. Verloc lo hubiera hecho pasar adentro. Deshizo los faros de su delantal de un tirón, lo arrojó sobre una silla y caminó otra vez hacia el salón, con lentitud.
En ese preciso momento Mr. Verloc entraba por la puerta del ne­gocio.
Se había ido rojo. Volvía blanco como un papel. Su rostro había perdido su estupor de drogado, de fiebre, y en ese poco tiempo adqui­rió, en cambio, una expresión aturdida y hostigada. Caminó derecho al sofá y se paró mirando su sobretodo, que estaba tirado ahí, como si tuviera terror de tocarlo.
-¿Qué pasa?- preguntó Mrs. Verloc en voz baja. A través de la puerta, que había quedado entornada, pudo ver que el cliente no se había marchado aun.
-Resulta que tendré que salir esta noche- dijo Mr.


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