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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.129

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Tienes una casa cómoda. Recorrió con la mirada todo el salón, desde el armario hasta el hermoso fuego de la chimenea. Cómodamente oculta detrás del negocio de mercaderías dudosas, con su ventanita oscura y misteriosa y su puerta entornada sospechosamente en la calle lóbrega y estrecha, era, en cuanto a propiedad doméstica y comodidad, una casa respeta­ble. Su devoto cariño echó de menos a su hermano Stevie, que ahora estaba gozando unas húmedas vacaciones en las praderas de Kentish, bajo el cuidado de Mr. Michaelis. Lo echaba mucho de menos, con toda la fuerza de su pasión protectora. Éste era también el hogar del muchacho- el techo, el armario, la chimenea cálida-. En medio de estos pensamientos, Mrs. Verloc se puso de pie y caminando hacia la otra punta de la mesa, dijo en la plenitud de su amor:
-Y no estás cansado de mí.
Mr. Verloc no emitió ningún sonido. Winnie, a sus espaldas, se apoyó sobre sus hombros y le oprimió la frente con sus labios. Se mantuvo en esa posición. Ni un susurro llegaba a ellos desde el mundo exterior. El ruido de pasos sobre la vereda moría en la discreta oscuri­dad del negocio. Sólo el mechero de gas sobre la mesa seguía ronro­neando, uniforme, en medio del silencio cargado del salón.
Durante el contacto de ese inesperado y largo beso, Mr. Verloc, aferrado con las dos manos a los bordes de su silla, mantuvo una hie­rática inmovilidad. Cuando Winnie se apartó, separó la silla de la me­sa, se levantó y fue a pararse junto al hogar. Ya no volvió la espalda a la habitación. Con su cara hinchada y un aire de estar drogado, seguía cada uno de los movimientos de su mujer.
Mrs. Verloc iba de un lado a otro, serena, levantando la mesa. Su voz tranquila comentaba la idea esbozada en un tono razonable y do­méstico. Era descabellada; ella la condenaba desde todo punto de vista. Pero su única preocupación real era el bienestar de Stevie. En este aspecto, pensaba que él era lo suficientemente raro como para no lle­varlo sin precauciones al exterior. Y eso era todo. Pero acerca de ese tema vital empeñó una vehemencia absoluta en su expresión. Entre-tanto, con bruscos movimientos se endosó un delantal para lavar la vajilla. Y como si estuviera excitada por el sonido de su voz no contra­dicha, fue tan lejos como para decir en un tono casi mordaz:
-Si te vas al extranjero tendrás que hacerlo sin mí.
-Sabes que no lo haría- dijo Mr. Verloc, ronco, y la voz opaca de su vida privada tembló con enigmática emoción.
Ya Mrs. Verloc estaba lamentando sus propias palabras. Habían sonado mucho más rudas que lo que ella quería.


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