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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.128

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Winnie preparó el té y lo llamó en voz baja:
-Adolf.
Mr. Verloc se levantó de inmediato y se tambaleó un poco, antes de sentarse a la mesa. Su mujer, tras examinar el filo agudo del cuchi­llo de trinchar, lo colocó sobre el plato y le ofreció la carne fría. Pero él se mantuvo insensible a la sugerencia, con el mentón apoyado en el pecho.
-Tienes que alimentar tu resfrío- dijo Mrs. Verloc dogmática­mente.
El hombre la miró y sacudió la cabeza; sus ojos estaban inyecta­dos de sangre y su cara roja; sus dedos habían desordenado por com­pleto el cabello. En conjunto tenía un aspecto desaliñado, que mostraba malestar, irritación y la tristeza que sigue a un exceso grave. Pero Mr. Verloc no era hombre capaz de excesos; su conducta fue siempre res­petable. Su aspecto era consecuencia de la fiebre del resfrío. Bebió tres tazas de té pero se abstuvo por completo de comer. Apartó la comida con una sombría aversión cuando Mrs. Verloc se la ofreció con insis­tencia. Por último la mujer dijo:
-¿No tienes los pies mojados? Será mejor que te pongas las pantu­flas. No vas a salir esta noche.
Mediante ásperos gruñidos y signos Mr. Verloc comunicó que sus pies no estaban mojados y que de todos modos eso no le preocupaba; la proposición de ponerse las pantuflas le pareció despreciable. Pero el tema de la salida nocturna tuvo un desarrollo inesperado. Mr. Verloc no estaba pensando en salir afuera esa noche. Sus pensamientos abar­caban un esquema más vasto. A través de cavilosas e incompletas frases se hizo claro que Mr. Verloc había estado considerando el expe­diente de la emigración. No se dilucidaba muy bien si tenía en mente Francia o California.
Lo inesperado, improbable e inconcebible de semejante evento privó a esa vaga declaración de todo su efecto. Mrs. Verloc, expresan­do la misma placidez que hubiera tenido si su marido la hubiese estado amenazando con el fin del mundo, dijo:
-¡Qué idea!
Mr. Verloc declaró que estaba enfermo y cansado de todo, y además... Ella lo interrumpió.
-Tienes un fuerte resfrío.
Era por completo evidente que Mr. Verloc no estaba en sus con­diciones habituales, tanto físicas como psíquicas. Una sombría indeci­sión lo mantuvo en silencio por un rato. Luego murmuró unas pocas generalidades ominosas sobre el tema de la necesidad.
-Tendremos- repetía Winnie, sentada bien atrás, calma, con los brazos doblados, enfrentando a su marido-. Me gustaría saber quién te obliga. No eres un esclavo. Nadie necesita ser un esclavo en este país, y tú no hagas uno de ti mismo.- Hizo una pausa y con invencible y vigoroso candor-: El negocio no es tan malo- prosiguió-.


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