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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.127

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Mrs. Verloc estaba
asustada.
-Te has andado mojando- dijo.
-No mucho- procuró balbucear Mr. Verloc, estremeciéndose. Con un gran esfuerzo detuvo el castañeteo de sus dientes.
-Tendré que acostarte con mis propias manos- dijo la mujer con genuina inquietud.
-No me parece- respondió Mr. Verloc, la voz ronca y la nariz ta­pada.
Por cierto que se las había ingeniado en cierta medida para pes­carse un abominable resfrío entre las siete de la mañana y las cinco de la tarde. Mrs. Verloc miraba su espalda encorvada.
-¿Dónde estuviste hoy?- preguntó.
-En ninguna parte- contestó Mr. Verloc en un tono bajo, sofocado y nasal. Su actitud hacía pensar en un violento mal humor o en una severa jaqueca. La insuficiencia y culpabilidad de su respuesta se hizo clara de modo penoso en el silencio muerto del salón. Carraspeó como disculpándose y agregó-: fui al banco.
Mrs. Verloc puso atención.
-¡Al banco!- dijo sin pasión-. ¿Para qué?
Mr. Verloc murmuró, con la nariz sobre la chimenea y con mar­cado desgano:
-¡Para sacar el dinero!
-¿Qué quieres decir? ¿Todo?
-Sí. Todo.
Mrs. Verloc extendió con cuidado el mantel ordinario, sacó dos cuchillos y dos tenedores del cajón de la mesa y de pronto detuvo sus metódicos movimientos.
-¿Para qué lo sacaste?
-Puedo necesitarlo pronto- gangueó vago, Mr. Verloc, que estaba llegando al final de sus calculadas indiscreciones.
-No sé que quieres decir anotó su mujer con un tono de perfecta casualidad, pero todavía parada entre la mesa y el armario.
-Ya sabes que puedes confiar en mí- explicó Mr. VerIoc a la chi­menea, en una ronca opinión.
Mrs. Verloc se volvió con lentitud hacia el armario, diciendo con deliberación:
-Oh, sí. Puedo confiar.
Y siguió adelante con sus metódicos movimientos. Ubicó dos platos, trajo el pan, la manteca, yendo de acá para allá, silenciosa, entre la mesa y el armario, en medio de la paz y la quietud de su hogar. En el momento de sacar el jamón, reflexionó con criterio práctico: «debe estar hambriento, después de pasar todo el día afuera», y una vez más volvió hasta el armario para sacar la carne fría. La ubicó bajo el me­chero de gas ronroneante y con una mirada de paso a su inmóvil mari-do, que se echaba sobre el fuego, se fue, dos escalones abajo, a la coci­na. Recién al volver con el cuchillo y tenedor de trinchar en la mano habló otra vez.
-Si no hubiera confiado en ti, no me hubiera casado contigo.
Encorvado bajo la mesilla de la chimenea, Mr. Verloc, mientras sostenía su cabeza con ambas manos, parecía haberse dormido.


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