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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.126

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No le mo­lestaba estar sola; no tenía ganas de salir. El tiempo estaba muy malo y el negocio resultaba más agradable que la calle. Sentada detrás del mostrador, con una costura, no levantó los ojos del trabajo cuando Mr. Verloc entró en medio del agresivo tintineo de la campanilla. Había reconocido sus pasos sobre la vereda.
No levantó la vista, pero cuando Mr. Verloc, silencioso, con el sombrero bien encasquetado sobre la frente, se fue derecho hacia la puerta del salón, dijo con serenidad:
-Qué día desastroso, ¿Quizá lo viste a Stevie?
-¡No! No lo he visto- dijo Mr. Verloc, suavemente, y cerró la puerta vidriera del salón con un golpe de inesperada energía.
Por un rato Mrs. Verloc se quedó inactiva, con su trabajo caído en la falda, antes de guardarlo bajo el mostrador y levantarse a encender la luz. Hecho esto, pasó por el salón en su camino hacia la cocina. Mr. Verloc debía querer su té en ese momento. Confiada en el poder de sus encantos, Winnie no esperaba de su marido, en el diario intercambio de la vida de casados, una amenidad ceremoniosa en la forma de dirigirse a ella ni cortesía en los modales; formas vacuas y anticuadas, cuando mucho, probablemente nunca observadas al pie de la letra, descartadas en la actualidad incluso en las más altas esferas, y siempre extrañas a los grupos de la clase a la que pertenecía la joven. No buscaba corte­sías en él. Pero él era un buen marido y ella tenía un respeto leal por sus derechos.
Mrs. Verloc hubiera pasado por el salón hacia la cocina para cumplir con sus deberes domésticos, con la perfecta serenidad de una mujer segura del poder de sus encantos. Pero un ligero, muy ligero y rápido castañeteo llegó a sus oídos. Raro e incomprensible, el sonido retuvo la atención de Mrs. Verloc. Luego, cuando se dio clara cuenta de qué clase de ruido era el que oía, se detuvo pasmada y ansiosa. Prendió un fósforo de la caja que tenía en la mano, abrió el gas y en­cendió, sobre la mesa del salón, uno de los dos mecheros, el que, des­compuesto como estaba, primero silbó, con algo así como asombro, y luego empezó a ronronear contento como un gato.
Mr. Verloc, contra su costumbre, se había sacado el sobretodo, que estaba tirado sobre el sofá. El sombrero, que también se había quitado, estaba dado vuelta bajo el borde del sofá. Había arrastrado una silla hasta la chimenea, y con los pies metidos dentro del guardafuego, la cabeza sostenida entre las manos, se encorvaba frente al hogar res­plandeciente. Sus dientes castañeteaban con violencia incontenible, haciendo temblar su espalda entera al mismo ritmo.


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