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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.125

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-¡No soportar estar lejos del chico!- repetía con lentitud Mrs. Verloc-. ¡Que no puedo soportar estar lejos de él, si es para su propio bien! ¡Qué idea! Por supuesto, puedo estar sin él. Pero no hay dónde mandarlo.
Mr. Verloc tomó un trozo de papel oscuro y un ovillo de piolín; mientras, murmuraba que Michaelis estaba viviendo en una quintita en el campo. A Michaelis no le molestaría darle a Stevie un cuarto para dormir. Allá no había visitas ni charlas. Michaelis estaba escribiendo un libro.
Mrs. Verloc declaró su afecto por Michaelis; mencionó su aver­sión hacia Karl Yundt, ese «viejo sucio»; y de Ossipon no dijo nada. En cuanto a Stevie no iba sentirse menos que agradado. Mr. Michaelis siempre había sido tan simpático y amable con él. Parecía gustar del chico. Bueno, el chico era un buen chico.
-Tú también pareces haberte encariñado con él desde hace un tiempo agregó tras una pausa, siempre con su inflexible seguridad.
Mr. Verloc, mientras ataba la caja de cartón en un paquete para remitirla por correo, rompió el hilo con un tirón fuera de lugar y refun­fuñó para sí algunas maldiciones. Luego, elevando el tono hasta el usual murmullo ronco, anunció su deseo de llevar él en persona a Ste-vie hasta el campo, y dejarlo a salvo con Michaelis.
Puso en práctica esa idea al día siguiente mismo. Stevie no hizo objeciones. A intervalos volvía su mirada cándida e inquisitiva hacia la pesada figura de Mr. Verloc, en especial cuando su hermana no lo estaba observando. Tenía una expresión orgullosa, aprensiva y con­centrada, como la de una criatura a quien por primera vez se le ha dado una caja de fósforos y permiso para encenderlos. Pero Mrs. Verloc, gratificada por la docilidad de su hermano, le recomendó que no se ensuciara la ropa en el campo. A lo cual Stevie dirigió a su hermana, guardiana y protectora, una mirada que, por primera vez en su vida, estaba falta de la calidad de perfecta confianza infantil. Tenía un matiz de oscura arrogancia. Mrs. Verloc sonrió.
-¡Dios mío! No necesitas ofenderte. Tú sabes mantenerte limpio cuando así lo quieres, Stevie.
Mr. Verloc ya se había adelantado, calle abajo.
A consecuencia de los heroicos procedimientos de su madre y de la ida al campo de su hermano, Mrs. Verloc se encontró, más a menudo que lo habitual, sola tanto en el negocio como en la casa. Porque Mr. Verloc tenía que hacer sus paseos. Estuvo sola más tiempo que el usual el día de la bomba en Greenwich Park, porque Mr. Verloc salió muy temprano a la mañana y no volvió hasta cerca de la noche.


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