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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.124

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Verloc parecía tomar con gusto la compañía de Stevie. Ahora, cuando se aprestaba a salir de paseo, Mr. Verloc llamaba en voz alta al mucha­cho, tal como un hombre requiere la compañía del perro de la casa, aunque, por supuesto, con matices diferenciadores. En la casa se podría sorprender a Mr. Verloc contemplando con curiosidad a Stevie durante largos ratos. Su propio comportamiento había cambiado. Taciturno aún, ya no se lo veía tan indiferente. Mrs. Verloc pensaba que a veces se ponía bastante nervioso. Bien se podía mirar todo eso como una mejoría. En cuanto a Stevie, ya no se tiraba, triste, al pie del reloj, pero, en cambio, murmuraba para sí en los rincones, con tono amenazador. Y si le preguntaban:
-¿Qué estás diciendo, Stevie?- sólo abría la boca y bizqueaba frente a su hermana. De vez en cuando apretaba los puños sin causa aparente; cuando se quedaba solo prefería mirar ceñudo la pared, mientras el papel que le habían dado para dibujar círculos permanecía blanco y el lápiz ocioso sobre la mesa. Y ése era un cambio, pero no una mejoría. Mrs. Verloc incluía todas estas extravagancias en la idea general de la excitación y empezó a temer que Stevie estuviese oyendo más de lo que era bueno para él en las conversaciones de su marido con los amigos. Durante sus paseos Mr. Verloc, por supuesto, se en­contraba y conversaba con distintas personas. Era difícil que la cosa fuera de otro modo. Los paseos de Verloc eran parte integral de sus actividades fuera de la casa, a las que su mujer nunca había prestado una profunda atención, Mrs. Verloc sentía que la situación era delica­da, pero la enfrentó con la misma calma impenetrable, que impresiona­ra y a menudo asombrara a los clientes del negocio y que hacía que los otros visitantes guardasen una distancia admirativa. ¡No! Temía que hubiera cosas que Stevie no debía oír, le dijo a su marido. Eso sólo excitaba al pobre muchacho, que no podía hacer nada para remediarlas. Nadie podía.
Estaban en el negocio. Mr. Verloc no hizo comentarios. Tampoco respondió y, con todo, la respuesta era evidente. Pero se contuvo antes de recordar a su mujer que la idea de hacer a Stevie compañero de sus paseos había sido de ella misma, y de nadie más. En este momento, para un observador imparcial, Mr. Verloc hubiera aparecido más que humano en su magnanimidad. Tomó de un estante una pequeña cajita de cartón, la revisó para ver si su contenido estaba en buenas condicio­nes y la depositó con cuidado sobre el mostrador. Hasta que no lo hubo hecho no rompió el silencio para decir que lo más provechoso para Stevie sería salir fuera de la ciudad por una temporada; sólo que él suponía que su mujer no soportaría estar lejos del chico.


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