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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.123

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Ella no alteró su habitual calma. El chico, cuando no se entretenía haciendo algo, se ponía triste dentro de la casa. Eso la dejaba inquieta, nerviosa, confesó. Y viniendo de la tranquila Winnie, esto sonaba un poco exagerado. Pero, en verdad, Stevie se ponía taciturno como animal doméstico desgraciado. Se iba al oscuro descansillo, a sentarse en el suelo al pie del alto reloj, con sus rodillas levantadas y la cabeza entre las manos. Encontrarse con su cara pálida, con sus grandes ojos brillantes en la oscuridad era turba­dor; pensar que él estaba ahí arriba era penoso.
Mr. Verloc se acostumbró a la pasmosa novedad de la idea. Esta­ba encariñado con su mujer tal como un hombre debe estarlo... es de­cir, con generosidad. Pero una objeción de peso nació en su mente y la formuló.
-Puede perderme de vista en la calle y quedarse perdido dijo.
Mrs. Verloc sacudió la cabeza con seguridad.
-No; no lo conoces. Ese muchacho simplemente te adora. Pero si se te perdiera...
Mrs. Verloc calló por un momento, por sólo por un momento.
-Llévalo y paseen juntos. No te preocupes, todo irá bien. Seguro que es capaz de volver a salvo y pronto.
Este optimismo suscitó la cuarta sorpresa del día para Mr. Verloc.
-¿Es capaz?- gruñó lleno de dudas. Pero tal vez su cuñado no fue­se tan idiota como parecía. Su mujer lo debía saber muy bien. Desvió los ojos tristes diciendo con voz ronca-: Bien, que venga conmigo, entonces- y volvió a caer en las garras de la negra preocupación, que tal vez prefiera trepar las espaldas de un jinete, pero que también sabe caminar muy cerca de los talones de la gente no tan acomodada como para criar caballos como Mr. Verloc, por ejemplo.
Winnie, en la puerta del negocio, no vio ese fatal acompañante de los paseos de Mr. Verloc. Observaba las dos figuras que avanzaban por la calle escuálida, una alta y voluminosa, la otra delgada y baja, con un cuello flaco y los hombros huesudos apenas levantados por debajo de las grandes orejas semitransparentes. La tela de los abrigos era la mis-ma, los sombreros eran negros y redondos. Inspirada por la similitud de la ropa, Mrs. Verloc daba rienda a su fantasía.
-Podrían ser padre e hijo- se decía a sí misma. Pensaba también que Mr, Verloc era lo más parecido a un padre que el pobrecito Stevie hubiera tenido en su vida. Sabía, asimismo, que todo eso era obra suya. Y con apacible orgullo se felicitaba por cierta resolución que había tomado unos pocos días atrás. Le había costado cierto esfuerzo e inclu­so algunas lágrimas.
Se felicitaba más aún al ver, en el curso de los días, que Mr.


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