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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.121

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Comió como si lo hiciera en un lugar público, el som­brero echado atrás de la frente, las puntas de su pesado abrigo colgando triangulares a cada lado de la silla. Al otro lado de la mesa, cubierta con un hule castaño, Winnie, su mujer, le decía con suavidad su charla mujeril, tan diestramente adaptada, sin dudas, a las circunstancias de ese regreso, como la charla de Penélope lo estuvo al regreso del erra­bundo Odiseo. Sin embargo, Mrs. Verloc no había hecho ningún tejido durante la ausencia de su marido. Pero había hecho una limpieza a fondo de los cuartos del piso superior, había vendido algunas mercade­rías, había visto a Mr. Michaelis varias veces. La última vez él le había dicho que se iba a vivir afuera, a una villa en el campo; ya no frecuen­taría la línea Londres-Chatham-Dover. Karl Yundt también vino, una vez, llevado del brazo por esa «maligna vieja, su ama de llaves». Era «un viejo desagradable». Del camarada Ossipon, al que recibiera se­camente, atrincherada detrás del mostrador, con cara de piedra y la mirada perdida a lo lejos, no dijo nada, pero su referencia mental al robusto anarquista se marcó en una leve pausa y el más débil de los rubores. Y, lo más pronto que pudo, introdujo a su hermano Stevie en la corriente de los acontecimientos domésticos: el muchacho había estado muy abatido.
-Está así desde que mamá se fue.
Mr. Verloc no dijo ni «¡maldición!» ni tampoco «¡hay que colgar a Stevie!» Y Mrs. Verloc, no iniciada en el secreto de los pensamientos de su marido, se equivocó al apreciar la generosidad de esa restricción.
-No es que no haya trabajado tan bien como siempre- continuó-. Se está volviendo muy útil. Ya verás que no pudo darnos una ayuda más efectiva.
Mr. Verloc dirigió una mirada casual y soñolienta a Stevie, que estaba sentado a su derecha, delicado, pálido, con la boca roja abierta en una mueca estúpida. No era una mirada crítica ni tenía ninguna intencionalidad. Y si Mr. Verloc pensó por un momento que el herma­no de su mujer parecía un inútil, en forma poco común, fue sólo un romo y efímero pensamiento, vacío de esa fuerza y duración que a veces permite que un pensamiento mueva al mundo. Mr. Verloc se echó atrás y descubrió su cabeza. Antes de que su brazo extendido llegara a apoyar el sombrero, Stevie se abalanzó sobre él y se lo llevó, reverente, hacia la cocina. Y otra vez Mr. Verloc se sintió sorprendido.
-Tú podrías hacer algo con ese muchacho, Adolf- dijo Mrs. Ver­loc con su mejor aire de calma inflexible-. Atravesaría las llamas por ti. Él...
Alerta, hizo una pausa, con el oído puesto en la puerta de la coci­na.


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