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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.120

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Verloc, quien, por una mística concordancia de temperamento y necesidad, había dejado de lado, durante toda su vida, el hecho de haber sido agente secreto.
Esperó un momento y luego agregó:
-Estaré afuera una semana o tal vez quince días. Dile a Mrs. Neale que venga a ayudar durante el día.
Mrs. Neale era la sirvienta de Brett Street. Víctima de su casa­miento con un carpintero crápula, estaba obligada por las necesidades de sus muchos hijos pequeños. De brazos rojos, con un delantal ordina­rio que le llegaba a las axilas, exhalaba la angustia de los pobres en un hálito de jabón ordinario y ron, en medio del ruido de la fregadura, entre los golpes de los baldes metálicos.
Mrs. Verloc, llena de recónditos objetivos, habló en el tono de la más superficial indiferencia.
-No es necesario tener a una mujer todo el día aquí. Me arreglaré muy bien con Stevie.
Dejó que el reloj solitario del descansillo dejara caer quince tic­
tacs al abismo de la eternidad y preguntó: -¿Apago la luz? Mr. Verloc contestó a su mujer con brusquedad y voz ronca. -Apágala.
IX
El regreso de Mr. Verloc del continente, al cabo de diez días, trajo una mente que- era obvio- no se había vivificado con las maravi­llas del viaje al exterior, y un talante que no se iluminó con las alegrías del regreso al hogar. Entró, envuelto por el tintineo de la campanilla del negocio, con un aire de quebrantamiento sombrío v turbado. Con su valija en la mano y la cabeza gacha, cruzó a zancadas el salón y detrás del mostrador se dejó caer en una silla, como si hubiese tenido que caminar todo el tiempo desde Dover. Era temprano por la mañana. Stevie, mientras desempolvaba varios objetos expuestos en las vidrie­ras, se dio vuelta a mirarlo embobado, con respeto y temor.
-¡Aquí!- dijo Mr. Verloc, dando un golpecito a la valija que había apoyado en el suelo; y Stevie se precipitó sobre ella, la agarró y se la llevó con devoción triunfante. Lo hizo con tanta presteza que Mr. Verloc dio claras muestras de asombro.
Cuando sonó la campanilla del negocio, Mrs. Neale, que limpiaba la chimenea de la trastienda, miró a través de la puerta y levantándose del suelo fue a la cocina, de delantal y sucia con su eterno trabajo, a decirle a Mrs. Verloc que «el patrón había vuelto».
Winnie no llegó más allá de la puerta interna del negocio.
-Querrás algo de desayuno- dijo a distancia.
Mr. Verloc apenas movió sus manos, parecía vencido por una su­gerencia imposible. Pero una vez en la sala no rechazó la comida puesta ante él.


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