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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.119

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-Qué voy a hacer para consolar a ese muchacho durante los pri­meros días, estoy segura de que no lo sé. Va a estar apenado de la mañana a la noche antes de acostumbrarse a la idea de que mamá está lejos. Y es tan buen muchacho. No sabría qué hacer sin él.
Mr. Verloc seguía quitándose la ropa con la absorta concentración de un hombre que se desvistiera en la soledad de un vasto desierto sin esperanzas. Porque así de inhospitalaria era esta bella tierra, nuestra herencia común, presente en la visión interior de Mr. Verloc. Todo estaba tan silencioso afuera y adentro, que el tictac del reloj del des­cansillo se colaba en el dormitorio como para hacer compañía.
Mr, Verloc, tras meterse en la cama, de su lado, se quedó tendido y mudo detrás de la espalda de su mujer. Sus brazos gruesos quedaron abandonados fuera del cubrecama, como armas raídas o herramientas abandonadas. En ese momento estuvo a punto de confesarlo todo a su mujer. El momento parecía, propicio. Con el rabillo del ojo vio esa amplia espalda cubierta de blanco, la nuca, con el pelo dividido, para la noche, de trenzas atadas con cintas negras en las juntas. Pero se contu­vo. Mr. Verloc amaba a su mujer como una mujer debe ser amada es decir, en forma marital, con la consideración que uno guarda hacia su posesión principal. Esa cabeza peinada para la noche, los hombros amplios, tenían un aspecto de sacralidad familiar: la sacralidad de la paz doméstica. Ella no se movió, masa indefinida, en bruto, una estatua recostada; el marido recordó sus ojos abiertos y grandes mirando el dormitorio vacío. Era una mujer misteriosa, con el misterio de los seres humanos. El muy afamado agente secreto .., de los despachos ala r­mistas del difunto Barón Stott-Wartenheim, no era hombre para rom­per tales misterios. Se intimidaba con facilidad. Y también era indo­lente, con la indolencia que tan a menudo es el secreto de la buena naturaleza. Se contuvo al contacto de ese misterio lejano del amor, la timidez y la indolencia. Siempre había tiempo. Por varios minutos soportó callado sus sufrimientos, en el silencio amodorrado de la habi­tación. Y luego rompió la quietud con una resuelta declaración:
-Mañana saldré para el continente.
Su mujer ya debía estar por dormirse. Sus ojos estaban muy abiertos y se quedó muy quieta, segura en su instintiva convicción de que las cosas no toleran una honda observación, Y además no era nada inusual que Mr. Verloc emprendiera ese viaje. Renovaba su surtido en París y Bruselas. A menudo hacía sus compras personalmente. Una pequeña y selecta conexión de aficionados se iba formando alrededor del negocio de Brett Street, un núcleo secreto, conveniente en alto grado para cualquier negocio que emprendiera Mr.


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