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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.118

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Winnie tenía un alma tranquila. Sentía en profundidad que las co­sas no toleran una observación muy honda. Con ese instinto había elaborado su fuerza y su sabiduría. Pero la taciturnidad de Verloc había pesado sobre ella durante muchos días. En realidad, ya estaba afectan­do sus nervios. Acostada e inmóvil, dijo con placidez:
-Te vas a resfriar caminando en medias.
Nacidas de su solicitud de esposa y de su prudencia de mujer, esas palabras tomaron a Mr. Verloc de sorpresa. Se había dejado las botas abajo, pero se había olvidado de calzarse las pantuflas y estuvo dando vueltas por el dormitorio, sin ruido, como un oso en una jaula. Al oír la voz de su mujer se detuvo y la miró sonámbulo e inexpresivo hasta que Mrs. Verloc movió apenas las piernas bajo el cubrecamas. Pero no movió su cabeza oscura, hundida en la almohada blanca, una mano bajo su mejilla y los grandes, oscuros, ojos sin parpadeos.
Bajo la mirada inexpresiva de su marido, recordando el cuarto vacío de su madre, al otro lado del descansillo, sintió una aguda con­goja de soledad. Antes nunca se había separado de su madre; siempre habían vivido juntas. Pensaba que se habían separado para bien, y se decía que ahora su madre no estaba. Mrs. Verloc no tenía ilusiones. Sin embargo allí estaba Stevie. Y dijo:
-Mamá ha hecho lo que quería hacer. Yo no le encuentro sentido. Estoy segura de que no pudo pensar que tú estarías cansado de ella. Es inicuo que nos haya dejado así.
Mr. Verloc no era un individuo instruido; su acervo de frases alu­sivas era limitado, pero tenía una especial aptitud en ciertas circunstan­cias: ahora pensaba en las ratas que abandonan el barco que se hunde. Estuvo a punto de hablar de ello. Se había vuelto suspicaz y amargado. ¿Podía ser que la vieja tuviera tan excelente olfato? Pero lo irracional de esa sospecha era claro y Mr, Verloc contuvo la lengua. No por com­pleto, sin embargo. Con lentitud murmuró:
-Tal vez es lo mejor.
Comenzó a desvestirse. Mrs. Verloc permaneció muy quieta, per­fectamente quieta, con sus ojos perdidos en una soñolienta, pasiva mirada. Y por una fracción de segundo su corazón pareció detenerse. Esa noche ella no era ella misma, como vulgarmente se dice, y se le ocurrió con cierta fuerza que unas simples palabras podían tener varios significados distintos... en su mayoría desagradables. ¿Cómo era lo mejor? ¿Y por qué? Pero no se permitió a sí misma caer en el ocio de la especulación infructuosa. Estaba bastante firme en su creencia de que las cosas no toleran una observación muy honda. Práctica y sutil a su manera, trajo a Stevie a colación, sin pérdida de tiempo, porque en ella la unicidad del objetivo tenía la naturaleza infalible y la fuerza de un instinto.


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