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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.117

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En cuanto a las medidas discipli­narias de su padre, la desolación de la madre y la hermana evitaba tener que plantear una teoría de la bondad ante la víctima. Hubiera sido demasiado cruel. Y hasta era posible que Stevie no les hubiera creído. En cuanto a Mr. Verloc, nada podía obstruir el camino de la fe de Ste­vie. Mr. Verloc era obvia, aunque misteriosamente, bueno. Y la pesa­dumbre de un hombre bueno es augusta.
Stevie dirigía miradas de compasión reverente a su cuñado. Mr. Verloc estaba apesadumbrado. Nunca antes el hermano de Winnie se había sentido a sí mismo en tan estrecha comunión con el misterio de la bondad de ese hombre. Era una pena incomprensible. Y el mismo Stevie estaba apenado. Estaba muy apenado. El mismo tipo de pena. Y atraída su atención hacia ese estado desagradable, Stevie restregaba los pies. Por lo general eran sus miembros los que, agitándose, manifesta­ban sus sentimientos.
-Ten quietos los pies, querido- dijo Mrs. Verloc, con autoridad y ternura; luego, volviendo la cabeza hacia su marido, con una voz indi­ferente, obra maestra del tacto instintivo, agregó-: ¿Vas a salir esta noche?
La sola sugerencia le pareció repugnante a Mr. Verloc. Sacudió la cabeza, caviloso y rígido, con los ojos bajos y permaneció durante un minuto entero observando el trozo de queso que había en su plato. Al cabo de ese tiempo se levantó y salió... salió junto con el tintineo de la campanilla de la puerta del negocio. Actuó así sin premeditación, no por el deseo de mostrarse desagradable, sino a causa de un invencible insomnio. Por nada en el mundo era bueno salir. En ningún lugar de Londres podía encontrar lo que quería. Pero salió. Se llevó consigo un cortejo de lúgubres pensamientos a través de las calles oscuras, de las calles iluminadas, dentro y fuera de los bares dudosos, como en un descorazonado intento de pasar la noche, y por fin otra vez de vuelta a su amenazado hogar, donde se sentó fatigado tras el mostrador y sus acompañantes se arremolinaron en torno a él, ungidos, como una jauría enfurecida de sabuesos negros. Después de cerrar la casa y apagar las luces, se los llevó consigo escaleras arriba; una horrorosa escolta para un hombre que va a la cama. Su mujer lo había precedido un rato antes; con su amplia forma definida apenas bajo el cubrecama, la cabeza sobre la almohada y una mano bajo la mejilla, le ofrecía a su desorden mental el espectáculo de alguien que de pronto va a dormirse, porque tiene el alma tranquila; sus ojos grandes miraban fijos y muy abiertos, inertes y oscuros contra la blancura nívea del lino. La mujer no se movió.


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