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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.116

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Ver a su mujer era agradable para Mr. Verloc: era parte de su idiosincrasia. La figura de su cuñado le resultaba imperceptible: un hosco extrañamiento se había abatido sobre Mr. Verloc, una especie de velo entre él y las apariencias del mundo de los sentidos. Miró a su mujer fijamente, sin una palabra, como si ella hubiese sido un fantasma. Su voz hogareña era ronca y tranquila, pero en esa ocasión no se la oyó. Tampoco se la oyó durante la cena, a la que fue llamado por su mujer con la forma breve habitual «Adolf». Se sentó para consumir la comida sin convicción, con el sombrero bien echado atrás en la cabeza. No por devoción a la vida al aire libre, sino de frecuentar cafés extranjeros había adquirido ese hábito, que tenía la absoluta fidelidad de Mr. Verloc a su rincón junto al fuego con un color de circunstancia pasajera y no ceremoniosa. Al sonido de la campanilla rajada se levantó dos veces, sin una palabra, fue hacia el negocio y volvió en silencio. Durante esas ausencias, a Mrs. Verloc se le agudizó la conciencia de que el puesto a su derecha estaba vacío; echó muy de menos a su madre y mantuvo una mirada fija, como de piedra. Entretanto, Stevie, por el mismo motivo, restre­gaba sus pies, como si el piso estuviera hirviendo debajo de ellos. Cuando Mr. Verloc volvió a sentarse en su lugar, semejante a la misma corporización del silencio, la mirada de Mrs. Verloc tuvo un cambio sutil y Stevie dejó de agitar sus pies, en razón del considerable y teme­roso respeto que le inspiraba el marido de su hermana; también le diri­gió miradas de compasión sumisa. Mr. Verloc estaba apesadumbrado. En el ómnibus, su hermana Winnie le había impuesto la idea de que Mr. Verloc debía estar en casa muy pesaroso y no habría que moles­tarlo. La ira de su padre, la irritabilidad de los pensionistas y la predis­posición de Mr. Verloc a la aflicción inmoderada habían sido las prin­cipales motivaciones para la autoeliminación de Stevie. De estos sen­timientos, todos provocados con facilidad pero no siempre fáciles de entender, el último fue el de mayor peso moral, porque Mr. Verloc era bueno. Su madre y su hermana habían fundamentado ese hecho ético sobre bases inamovibles. Ambas lo habían establecido, erigido y con­sagrado a espaldas de Mr. Verloc, por razones que nada tenían que ver con la moralidad abstracta. Y Mr. Verloc desconocía la situación. No era otra cosa que mera justicia decir que él no tenía idea de su catego­ría de bueno frente a Stevie. A pesar de todo era así. Incluso era el único hombre que gozaba de esa calificación dentro del pensamiento de Stevie, ya que los pensionistas nunca permanecían mucho tiempo y habían quedado muy atrás para poder recordar con nitidez alguna otra cosa que no fueran sus botas, tal vez.


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