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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.115

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Porque Stevie era franco y tan abierto como el día mismo. ¿Para qué fingían ser lo que no eran? A diferencia de su hermana, que ponía su fe en valores superficiales, él quería ir al fondo del asunto. Y siguió averi­guando como si estuviera en medio de una airada disputa:
-¿Para qué sirve, entonces, Winnie? ¿Para qué? Dime.
A Winnie no le gustaban las controversias. Pero como mucho más que a éstas temía un ataque de negra depresión en Stevie, a raíz de la pérdida de su madre, no declinó la discusión. Inocente de toda iro­nía, no obstante respondió de un modo que tal vez no era incongruente en la mujer de Mr. Verloc, delegado del Comité Rojo Central, amigo directo de ciertos anarquistas y adicto a la revolución social.
-¿No sabes para qué sirve la policía, Stevie? Están ahí para que ninguno de los que nada tienen pueda sacarle cosas a los que tienen.
Evitó usar el verbo robar, porque siempre hacía sentir mal a su hermano. Porque Stevie era delicadamente honesto. A causa de su rareza, le habían instilado ciertos principios simples con tanta ansie­dad, que el mero nombre de ciertas transgresiones lo llenaba de horror. Siempre se había impresionado en forma fácil con los discursos. Ahora estaba impresionado y con miedo y su inteligencia se despertaba.
-¿Qué?- preguntó de inmediato, con ansiedad-. ¿Ni siquiera si tienen hambre? ¿No pueden hacerlo?
Los dos habían detenido sus pasos.
-Ni siquiera en ese caso- dijo Mrs. Verloc, con la ecuanimidad de una persona que no se hace problemas por la distribución de la riqueza, y mientras exploraba la perspectiva de la calle buscando el ómnibus que los llevará-. De ningún modo. ¿Pero qué sentido tiene hablar de todo esto? Tú nunca tienes hambre.
Lanzó una rápida mirada al muchacho, casi un hombrecito, que iba a su lado. Lo vio agradable, atractivo, afectuoso y sólo un poco, un poquito raro. Y no podía verlo de otro modo, porque él estaba conecta­do con lo que de sal de pasión había en su vida insípida: la pasión de indignarse, tener coraje, apiadarse, e incluso de autosacrificarse. Y no agregó: «y nunca la tendrás mientras yo viva», pero bien podía haberlo hecho, ya que había tomado todas las medidas pertinentes. Mr. Verloc era muy buen marido. Además, reconocía que nadie podía imponerse un sentimiento de simpatía hacia el muchacho. De pronto exclamó:
-Pronto, Stevie. Para ese ómnibus verde.
Y Stevie, trémulo e importante con su hermana Winnie colgada del brazo, levantó el otro por encima de su cabeza frente al ómnibus que se acercaba, con éxito completo.
Una hora más tarde Mr. Verloc levantó los ojos del diario que estaba leyendo, o por lo menos mirando, detrás del mostrador, y junto al expirante sonido de la campanilla de la puerta, percibió a Winnie, su mujer, que entraba y cruzaba el negocio, en su camino hacia el piso superior, seguida por Stevie, su cuñado.


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