El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.114
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Y Stevie sabía qué significa ser golpeado. Lo sabía por experiencia. Era un mundo perverso. ¡Perverso! ¡Perverso!
Mrs. Verloc, su única hermana, guardiana y protectora, no podía suponer tales profundidades de pensamiento. Además, ella no había experimentado la mágica elocuencia del cochero, y nada sabía de los
fundamentos de la palabra «vergüenza». Dijo, entonces, con calma:
-Vamos, Stevie. No puedes remediar esto.
El dócil Stevie fue tras ella; pero ahora caminaba sin bríos, vacilante, murmurando medias palabras e incluso palabras que hubieran podido ser enteras si no hubiesen estado compuestas por mitades que no tenían relación entre sí. Era como si intentara adecuar a sus sentimientos todas las palabras que podía recordar para obtener una especie de idea orgánica. Se detuvo para articularla ni bien la percibió.
-Mundo malo para la pobre gente.
Tan pronto como había expresado este pensamiento, comprendió que ya le era familiar en todas sus consecuencias. Esta circunstancia reforzó su convicción al infinito, pero también acrecentó su indignación. Sentía que alguien debía ser castigado por todo ello... castigado con gran severidad. Como no era un escéptico, sino una criatura moral, estaba a merced de sus justas pasiones.
-¡Bestial! agregó, conciso.
Para Mrs. Verloc estaba claro que el muchacho tenía una gran excitación.
-Nadie puede solucionarlo. Vamos, sigamos. ¿Así es como cuidas de mí?
Stevie retomó el camino, obediente. Se enorgullecía ante sí mis-mo de ser un buen hermano. Su moralidad, muy elevada, se lo exigía. Sin embargo estaba apenado por la información que le había dado su hermana Winnie, que era buena. ¡Nadie puede solucionarlo! Siguió caminando con una expresión sombría, pero de pronto se le alegró la cara. Como el resto de los hombres, confundido ante el misterio del universo, tenía sus momentos de consoladora fe en los poderes terrestres organizados.
-La policía- sugirió lleno de confianza.
-La policía no es para eso- observó Mrs. Verloc, como al descuido, apretando el paso.
Stevie puso una notable cara larga. Estaba pensando. Cuanto más intenso su pensamiento, tanto más colgaba su labio inferior. Y fue con un aire de desesperanzada estupidez que renunció a su empresa intelectual.
-¿Para eso no?- murmuró resignado pero sorprendido-. ¿Para eso no?
En su mente se había formado una concepción ideal de la policía metropolitana, a la que consideraba una especie de institución benevolente que se dedicaba a suprimir el mal. En especial la noción de benevolencia estaba en estrecha asociación con su sentido del poder de los hombres de azul. Quería con ternura a todos los agentes de policía, con cándida confianza. Y estaba apenado. También se sentía irritado por la sospecha de una duplicidad en los miembros de esa fuerza.
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