El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.113
Indice General
|
Volver
Página 113 de 205
El no decía ni una palabra, pero con el especial sentido de su devoción fraternal, desarrollado en la más tierna infancia, la mujer sintió que el muchacho estaba muy excitado. Entonces le apretó el brazo, como si se apoyara en él y pensó algunas palabras adecuadas para la ocasión.
-Ahora, Stevie, tienes que mirar muy bien para que crucemos sin peligro las calles y subir primero al ómnibus, como un buen hermano.
Ese llamado a la protección masculina fue recibido por el chico con su habitual docilidad. En el fondo la cosa lo halagaba; levantó la cabeza y exhaló un suspiro.
-No te pongas nerviosa, Winnie. ¡No tienes que ponerte nerviosa! El ómnibus está bien- contestó con un balbuceo brusco que traslucía a medias el temor de un niño y la determinación de un hombre. Y caminó sin miedo, con la mujer apoyada en su brazo, pero con el labio inferior caído. Con todo, sobre la avenida trasijada y vacía, cuya pobreza en cuanto a amenidades de la vida hacía bien clara la loca profusión de faroles de gas, el parecido entre uno y otro era tan evidente como para impresionar a los casuales peatones.
En la esquina, frente a las puertas de una casa de comidas, donde la profusión de luces llegaba a un grado de positiva iniquidad, detenido junto al cordón, con el pescante vacío, un coche parecía desagotar en la cuneta su decadencia irremediable, Mrs. Verloc reconoció el vehículo. Su aspecto era tan profundamente lamentable, con tal perfección de grotesca miseria y horripilancia de detalles macabros, como si se tratara del mismísimo Coche de la Muerte, que Mrs. Verloc, con esa presta compasión de una mujer frente a un caballo (cuando no está sentada tras él), exclamó sin certidumbre:
-¡Pobre animal!
Stevie, plantándose de pronto, paró de un tirón a su hermana.
-¡Pobre! ¡Pobre! exclamó lleno de comprensión. El cochero pobre también. El mismo me dijo.
La contemplación de la cabalgadura achacosa y solitaria lo sobrepasó. Obstinado a pesar de los empujones de su hermana, quería quedarse allí, tratando de expresar la nueva vía abierta a sus simpatías a través de la miseria humana y esquina, en estrecha asociación. Pero era muy difícil. Todo lo que pudo repetir fue: « ¡Pobre animal, pobre ti-po!» La expresión carecía del suficiente vigor y entonces volvió a pararse para farfullar:
-¡Vergüenza!
Stevie no era muy hábil con las palabras, y por ese mismo motivo, tal vez, sus pensamientos adolecían de falta de claridad y precisión. Pero su sentimiento tenía la mayor integridad y cierta hondura. Esa sola palabra contenía toda su capacidad de indignación y su percepción del horror frente a un tipo de desdicha que se alimentaba de la angustia de otro en este caso la del pobre cochero que castigaba al pobre caballo en nombre, por así decir, de sus pobres hijitos que esperaban en el hogar.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
101
102
103
104
105
106
107
108
109
110
111
112
113
114
115
116
117
118
119
120
121
122
123
124
125
126
127
128
129
130
131
132
133
134
135
136
137
138
139
140
141
142
143
144
145
146
147
148
149
150
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-205
|