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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.113

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El no decía ni una palabra, pero con el especial sentido de su devoción fra­ternal, desarrollado en la más tierna infancia, la mujer sintió que el muchacho estaba muy excitado. Entonces le apretó el brazo, como si se apoyara en él y pensó algunas palabras adecuadas para la ocasión.
-Ahora, Stevie, tienes que mirar muy bien para que crucemos sin peligro las calles y subir primero al ómnibus, como un buen hermano.
Ese llamado a la protección masculina fue recibido por el chico con su habitual docilidad. En el fondo la cosa lo halagaba; levantó la cabeza y exhaló un suspiro.
-No te pongas nerviosa, Winnie. ¡No tienes que ponerte nerviosa! El ómnibus está bien- contestó con un balbuceo brusco que traslucía a medias el temor de un niño y la determinación de un hombre. Y cami­nó sin miedo, con la mujer apoyada en su brazo, pero con el labio infe­rior caído. Con todo, sobre la avenida trasijada y vacía, cuya pobreza en cuanto a amenidades de la vida hacía bien clara la loca profusión de faroles de gas, el parecido entre uno y otro era tan evidente como para impresionar a los casuales peatones.
En la esquina, frente a las puertas de una casa de comidas, donde la profusión de luces llegaba a un grado de positiva iniquidad, detenido junto al cordón, con el pescante vacío, un coche parecía desagotar en la cuneta su decadencia irremediable, Mrs. Verloc reconoció el vehículo. Su aspecto era tan profundamente lamentable, con tal perfección de grotesca miseria y horripilancia de detalles macabros, como si se trata­ra del mismísimo Coche de la Muerte, que Mrs. Verloc, con esa presta compasión de una mujer frente a un caballo (cuando no está sentada tras él), exclamó sin certidumbre:
-¡Pobre animal!
Stevie, plantándose de pronto, paró de un tirón a su hermana.
-¡Pobre! ¡Pobre! exclamó lleno de comprensión. El cochero pobre también. El mismo me dijo.
La contemplación de la cabalgadura achacosa y solitaria lo sobre­pasó. Obstinado a pesar de los empujones de su hermana, quería que­darse allí, tratando de expresar la nueva vía abierta a sus simpatías a través de la miseria humana y esquina, en estrecha asociación. Pero era muy difícil. Todo lo que pudo repetir fue: « ¡Pobre animal, pobre ti-po!» La expresión carecía del suficiente vigor y entonces volvió a pararse para farfullar:
-¡Vergüenza!
Stevie no era muy hábil con las palabras, y por ese mismo moti­vo, tal vez, sus pensamientos adolecían de falta de claridad y precisión. Pero su sentimiento tenía la mayor integridad y cierta hondura. Esa sola palabra contenía toda su capacidad de indignación y su percepción del horror frente a un tipo de desdicha que se alimentaba de la angustia de otro en este caso la del pobre cochero que castigaba al pobre caballo en nombre, por así decir, de sus pobres hijitos que esperaban en el hogar.


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