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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.112

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Y se fue, cojeando, con el coche. Hubo una atmósfera de austeri­dad en su partida, la grava aplastada por la marcha del coche gritaba bajo el girar lento de las ruedas, las magras ancas del caballo se aleja­ban de la luz con premeditación ascética, hacia la oscuridad del espacio abierto, bordeado por la negrura de los techos puntiagudos y las apenas lucientes ventanas de las casitas del hospedaje. El quejido de la grava avanzaba acompasado con la marcha cansina. Entre las lámparas de la entrada de beneficencia reapareció el lento cortejo, iluminado por un momento: el hombre bajo y gordo, cojeando penosamente, sosteniendo alta con su puño la cabeza del caballo; el descarnado animal caminan­do con tiesa y desamparada dignidad; la oscura, chata caja hamacándo­se atrás, sobre las ruedas que giraban cómicas. Doblaron hacia la iz­quierda. Había una taberna, calle abajo, a unos cien metros de la puer­ta.
Stevie, en su soledad junto al farol interno de la institución de ca­ridad, con las manos hundidas muy hondo en los bolsillos, miraba con vacía tristeza. En el fondo de sus bolsillos las manos incapaces y débi­les se apretaban en un par de puños llenos de cólera. Frente a cualquier cosa que afectara directa o indirectamente su enfermizo miedo al dolor, Stevie terminaba por volverse rencoroso. Una indignación magnánima henchía su frágil pecho hasta el estallido y hacía bizquear sus ojos candorosos. Por completo sabio en el conocimiento de su propia inca­pacidad de acción, no era lo bastante sabio como para reprimir sus pasiones. La ternura de su caridad universal tenía dos fases indisolu­bles como el reverso y el anverso de una medalla. La congoja de la compasión inmoderada era sucedida por el dolor de una rabia inocente pero despiadada. Esos dos estados se expresaban por un mismo signo de inútiles estremecimientos corporales, y su hermana Winnie calmaba sus excitaciones sin averiguar nada acerca de esa doble naturaleza. Mrs. Verloc no gastaba tiempo de esta vida pasajera buscando infor­mación esencial: una especie de economía que tiene todas las aparien­cias y algunas de las ventajas de la prudencia. Es obvio que puede ser bueno para uno no saber demasiado. Y semejante punto de vista con­cuerda muy bien con la indolencia constitucional.
En esa noche en que, se puede decir, la madre de Mrs. Verloc al alejarse de sus hijos, para bien, había abandonado también esta vida, Winnie Verloc no investigó la psicología de su hermano. El pobre chico estaba excitado, por supuesto. Desde el umbral, luego de asegu­rarle, una vez más a la vieja señora que ya se las ingeniaría para evitar el riesgo de que Stevie se perdiera por mucho tiempo en sus peregri­najes de piedad filial, tomó del brazo a su hermano para irse.


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