El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.111
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Reinó el silencio, durante el cual los flancos del viejo caballo, la cabalgadura de la miseria apocalíptica, siguieron exhalando su vaho a la luz de las lámparas de beneficencia. El cochero gruñó, agregando luego con su misterioso susurro:
-No vivimos en un mundo fácil.
Stevie estuvo parpadeando por un momento y por último sus sentimientos estallaron en su habitual concisión.
-¡Malo! ¡malo!
Con la mirada fija en las costillas del caballo, consciente de sí y sombrío, Stevie se endureció como si tuviera miedo de mirar a su alrededor la maldad del mundo. Y su delgadez, sus labios rojos, su tez pálida y transparente le daban el aspecto de un muchacho delicado, a pesar de la incipiente barba rubia de sus mejillas. Hizo un mohín de bebé asustado. El cochero, bajo y gordo, lo observaba con sus ojitos fieros, doloridos en un líquido traslúcido y corrosivo.
-Duro para los caballos, pero maldito y más duro todavía para los pobres tipos como yo- resolló con voz apenas audible.
-¡Pobre! ¡Pobre!- exclamó Stevie, hundiendo más todavía sus manos en los bolsillos con convulsiva simpatía. No pudo decir nada; por ternura frente a todo dolor y toda miseria, el deseo de hacer felices al caballo y al cochero lo hubiera conducido al caprichoso extremo de llevárselos a la cama con él. Y eso, bien lo sabía, era imposible. Porque Stevie no era loco. Se trataba, por así decir, de un deseo simbólico; y a la vez era muy claro, porque brotaba de la experiencia, madre de la sabiduría. Así, cuando de chico se agachaba en un rincón oscuro, asustado, infeliz, dolido y miserable de la negra, negra miseria del alma, solía aparecer su hermana Winnie y se lo llevaba con ella a la cama, como a un paraíso de paz consoladora. Aunque era capaz de olvidar datos banales, como su nombre y dirección, por ejemplo, Stevie tenía una memoria fiel para las sensaciones. Que lo llevaran a la cama por compasión era el remedio supremo, con la única desventaja de su difícil uso en gran escala. Y mientras miraba al cochero, Stevie se dio cuenta de esto con claridad, porque era razonable.
El cochero siguió con sus prolijos preparativos, como si Stevie no hubiese existido. Estuvo a punto de saltar al pescante, pero a último momento, por algún oscuro motivo, tal vez sólo por disgusto con el ejercicio a que lo obligaba el coche, desistió. En cambio, se acercó al inmóvil compañero de trabajo y, agachándose pera recoger las bridas, levantó la huesuda, fatigada cabeza hasta la altura de sus hombros con un esfuerzo del brazo derecho: toda una hazaña de vigor.
-Vamos- murmuró, como en secreto.
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