El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.110
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Le habían pagado decentemente- cuatro monedas de un chelín- y contemplaba ese dinero como si tuviera en la mano los sorprendentes datos de un melancólico problema. El lento traspaso de ese tesoro a un bolsillo interno demandó laboriosos tanteos en las profundidades del saco raído. Estaba encorvado sin flexibilidad. Stevie, delgado, con los hombros un poco levantados, las manos metidas muy hondo en los bolsillos de su abrigado sobretodo, permanecía parado en el borde de la vereda, haciendo pucheros.
El cochero, en una pausa de sus cautos movimientos, se detuvo ante un brumoso recuerdo.
-¡Oh! aquí está el mocito. ¿Lo va a reconocer, no es cierto?
Stevie observaba al caballo, cuyos cuartos traseros se habían levantado en exceso por efecto de la falta de carga. La cola corta y tiesa estaba fija en su sitio como si fuera, más bien, una broma pesada; y en la otra punta, el cogote flaco y chato, como un tablón cubierto con un viejo cuero de caballo, se inclinaba hacia el suelo, bajo el peso de una cabeza huesuda. Las orejas colgaban en ángulos distintos, con negligencia; desde la macabra figura de este mudo habitante terrestre, de sus costillas y patas, surgía un vaho tenue que se iba a perder en la calma húmeda del aire.
El cochero tocó apenas el pecho de Stevie con el gancho de hierro que sobresalía de una manga raída y grasienta.
Fíjese, machito ¿le gustaría a usted sentarse atrás de este caballo hasta las dos o las tres de la mañana?
Stevie miraba con fijeza los fieros ojitos de párpados rojizos.
-No está lisiado- siguió el otro, silbando con energía-. Ése no tie-ne mataduras. Ahí está. Le gustaría a usted...
La voz tensa, estrangulada, hacía afirmaciones llenas de vehemente reserva. De la fijeza vacía, la mirada de Stevie iba pasando de a poco al temor.
-¡Puede mirarlo bien! Hasta las tres o las cuatro de la mañana. Muerto de frío y de hambre. Esperando pasajeros. Borrachos.
Sus mejillas purpúreas y joviales estaban erizadas de pelos blancos; y como el Sileno de Virgilio que, con la cara embadurnada del jugo de las uvas, hablaba de los dioses Olímpicos a los inocentes pastores de Sicilia, el cochero hablaba a Stevie de temas domésticos y de los asuntos de los hombres, cuyos sufrimientos son grandes y su inmortalidad de ningún modo está asegurada.
-Soy un cochero nocturno, soy- susurró con algo así como una exasperación jactanciosa-. Y tengo que agarrar lo que se les antoje darme por cuadra. Tengo a mi patrona y cuatro chicos en casa.
La monstruosa índole de esa declaración de paternidad confundió al universo.
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