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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.109

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Y el coche traqueteaba. La madre de Mrs. Verloc expresó algu­nos recelos. ¿Se podría dejar a Stevie que hiciera solo el camino? Win­nie afirmó que últimamente estaba mucho más ausente. Ambas estu­vieron de acuerdo en ello. No se lo podía negar. Mucho más... así era. Se gritaban una a otra en medio del bochinche con relativa animación. Pero de pronto la ansiedad materna brotó de nuevo. Había que tomar dos omnibuses y entre ambos había que caminar un trecho. ¡Era muy difícil! La vieja señora dio vía libre a su pena y consternación.
Winnie miraba fijamente hacia adelante.
-No te preocupes tanto, mamá. Es necesario que lo veas, por su­puesto.
-No, hijita. Trataré de soportar que no sea así.
Y quedó abatida, con los ojos llorosos.
No tienes tiempo para acompañarlo, y si no se da cuenta y se pierde y alguien le habla con brusquedad, puede olvidarse de su nom­bre y dirección y podría estar perdido durante días y días...
La visión de Stevie en un hospicio aunque sólo fuera hasta averi­guar de dónde venía, estrujaba su corazón; porque ella era una mujer orgullosa. La mirada de Winnie se endureció, se volvió tensa, inventi­va.
-No puedo llevártelo todas las semanas. Pero no te preocupes, mamá. Yo me ocuparé de que no se pierda.
Ambas sintieron un golpe brusco.. Frente a las ventanillas chi­rriantes del coche se deslizaban con lentitud unos pilares de ladrillos; de pronto, al cesar el traqueteo atroz y los chirridos violentos, las dos mujeres se sintieron ensordecidas. ¿Qué había pasado? Quietas y teme­rosas permanecieron sentadas en profunda calma, hasta que se abrió la portezuela y se oyó un ronco murmullo esforzado:
-¡Ya estamos!
Una fila de casitas con techos a dos aguas, cada una con una bo­rrosa ventana amarilla en la planta baja, rodeaba el oscuro espacio abierto de un terreno, cercado de arbustos y separado de los parches de luces y sombras de la amplia calzada, sonora por el retumbo apagado del tráfico. Ante la puerta de una de esas diminutas casas una que no tenía luz en la ventanita de la planta baja se había detenido el coche. La madre de Mrs. Verloc bajó primero, de espaldas, con una llave en la mano. Winnie se demoró en la vereda de lajas para pagar al cochero. Stevie, luego de ayudar a llevar adentro una buena cantidad de peque­ños bultos, salió y se quedó parado bajo la luz de un farol de gas que pertenecía a la institución de beneficencia. El cochero miró las mone­das de plata que, insignificantes en su palma ancha y sucia, representa­ban los fútiles resultados que premian el ambicioso valor y las fatigas de una humanidad, cuyos días son cortos en esta tierra de males.


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