El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.108
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Lo habían aceptado junto con su madre, algo así como lo que había ocurrido con el mobiliario de la casa de Belgravia, como si fuera una pertenencia más de su madre. Y se preguntaba a sí misma (porque la madre de Mrs. Verloc era imaginativa, además) «¿qué pasará cuando yo me muera?» Y al plantearse esa pregunta, lo hacía con miedo. También era terrible pensar que entonces ya no tendría medios para saber qué iría a pasar con el pobre muchacho. Pero al dejarlo a cargo de su hermana, yéndose de la casa, otorgaba al chico la ventaja de una posición de directa dependencia. Ésta era la sutileza que justificaba el heroísmo e inescrupulosidad de la madre de Mrs. Verloc. Su acto de abandono en realidad constituía una medida para asegurar una posición permanente para su hijo, en vida. Otras gentes hacen sacrificios materiales con tal objetivo, ella lo hacía de este modo. Era su único modo. Además, estaría en condiciones de ver cómo seguía la cosa. Mal o bien, se libraría de la horrible incertidumbre en el lecho de muerte. Pero era duro, duro, cruelmente duro.
El coche rechinaba, retintineaba, traqueteaba. Por su desproporcionada violencia y magnitud, el ruido arrasaba con toda sensación de movimiento de avance; y el efecto era el de estar siendo sacudidas en una máquina inmóvil, algo así como un instrumento medieval para el castigo del crimen, o en alguna invención reciente para curar hígados perezosos. Era toda una penuria y, al elevarse, la voz de la madre de Mrs. Verloc sonó como un lamento.
-Yo sé, querida, que irás a verme todas las veces que puedas ¿no es cierto?
-Por supuesto- contestó Winnie, breve, mirando siempre hacia adelante.
Y el coche traqueteaba frente a un ahumado y grasiento negocio, alumbrado a gas y con olor a pescado frito.
La vieja elevó otra vez su lamento.
-Y además, querida, tengo que ver a ese pobre muchacho todos los domingos. No pondrá inconvenientes en pasar el día con su vieja madre...
Winnie exclamó, impasible:
-¡Inconvenientes! Pienso que no. Ese pobre chico te va a echar de menos. Es cruel; quisiera que hubieras pensado un poco en eso, mamá.
¡No haberlo pensado! La heroica mujer tragó algo que, a los saltos y con dificultades, como una bola de billar, había tratado de salir de su garganta. Winnie permaneció muda por un rato, mirando enfurruñada hacia adelante; luego hizo chasquear las palabras, cosa inusual en ella:
-Me parece que voy a tener trabajo con él, en adelante; va a pasársela desvelado...
-Hagas lo que hagas, no permitas que tu marido se ocupe de él, querida.
Así discutieron en términos íntimos las líneas de una nueva situación.
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