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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.107

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Y en ese mo­mento la madre de Mrs. Verloc lloró con mayor vehemencia, para desconsuelo de su interlocutor.
Las lágrimas de esa hembra voluminosa, de peluca oscura y des-lucida, con un vestido de vieja seda, festoneado con una puntilla de algodón blanca y gastada, eran lágrimas de genuina angustia. Lloraba porque era magnánima, inescrupulosa y llena de amor por sus dos hijos. Las muchachas con frecuencia se ven sacrificadas por el bienes­tar de los jóvenes. En este caso, ella estaba sacrificando a Winnie. No diciendo la verdad, calumniaba a su hija. Por supuesto, Winnie era independiente y no necesitaba preocuparse por la opinión de gente a la que jamás veía y que jamás la vería a ella; en cuanto a Stevie, no tenía nada en el mundo a lo que pudiera llamar suyo, excepto el heroísmo y la inescrupulosidad de su madre.
El inicial sentido de seguridad, que surgiera del matrimonio de Winnie, se desvaneció con el tiempo (porque nada perdura) y la madre de Mrs. Verloc, en la soledad del dormitorio trasero, recordó la ense­ñanza de esa experiencia que el mundo imprime en una mujer que enviuda. Pero la recordó sin vana amargura; su acopio de resignación creció hasta la dignidad. Reflexionó estoicamente que todas las cosas declinan y se gastan en este mundo; que el camino de la bondad se hace más fácil a quienes son voluntariosos; que su hija Winnie era la más devota de las hermanas y una esposa muy segura de sí, por cierto. Frente a la devoción fraternal de Winnie el estoicismo de su madre flaqueaba, porque se sentía obligada a exceptuar ese cariño del fatal decaimiento que afecta a todo lo humano y a buena parte de lo divino. No lo podía evitar y evitarlo la hubiese aterrado en extremo. Pero con­siderando las condiciones de la vida matrimonial de su hija, rechazaba con firmeza toda ilusión lisonjera. Adoptó el criterio frío y razonable de que la menor tensión a que fuese sometida la bondad de Mr. Verloc, en la medida en que se prolongara en el tiempo, sería la última. Ese hombre excelente amaba a su mujer, por supuesto, pero, sin duda, no estaba dispuesto a hacerse cargo de todas sus relaciones, en tanto ello fuese coherente con la adecuada manifestación de su sentimiento. Sería mejor que toda esa posibilidad de aceptación se concentrara en Stevie, el pobrecito. Y la heroica vieja resolvió alejarse de sus hijos como acto de devoción y movida por una profunda sagacidad.
La virtud de esa sagacidad consistía en que (la madre de Mrs. Verloc era sutil a su manera) el apoyo moral que Stevie necesitaba debía ser reforzado. El pobre muchacho un chico bueno, útil, aunque un poco raro no tenía suficiente base firme.


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