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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.106

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A la luz de gas de los negocios de frentes bajos, sus anchas mejillas brillaban con tinte ana­ranjado bajo el sombrero negro y malva.
La tez de la madre de Mrs. Verloc se había vuelto amarilla por efecto de los años y por una natural predisposición biliosa, favorecida por las pruebas de una existencia difícil y amarga, primero como espo­sa, luego como viuda. Era un cutis que bajo la influencia del rubor podía tomar un matiz naranja. Y esta mujer, modesta por cierto pero templada en los fuegos de la adversidad, de una edad, por otra parte, en la que los rubores son inesperados, se había sonrojado de veras ante su hija. En la intimidad de un coche, en camino hacia una casa de caridad (una más), que por la exigüidad de sus dimensiones y la pobreza de su arreglo parecía haber sido proyectada como lugar de entrenamiento para las condiciones aún más ajustadas de la tumba, se veía forzada ante su propia hija a ocultar un rubor de remordimiento y vergüenza.
¿Diga lo que diga la gente? Ella sabía muy bien qué pensaba esa gente, la que Winnie tenía en mente, antiguos amigos de su marido y otros también, cuyo interés había suscitado con éxito tan halagüeño. Antes de eso ignoraba hasta qué punto podía ser una buena pordiosera. Pero adivinaba muy bien qué deducciones se podían sacar de sus súpli­cas. En razón de la delicadeza apocada, que en la esencia masculina coexiste junto con la brutalidad agresiva, las preguntas en torno a su situación no habían ido muy lejos. Las había frenado apretando los labios y desplegando una emoción que se definía en silencios elocuen­tes. Y los hombres, de pronto, perdían su curiosidad, según su connatu­ral estilo. Más de una vez llegó a felicitarse a sí misma por no tener que tratar con mujeres, quienes al ser por naturaleza más duras y ávidas de detalles, hubieran solicitado, ansiosas, una información exacta acer­ca de la inconducta de su hija y yerno, que podía haberla llevado a tan triste extremo. Sólo frente al secretario del importante cervecero miembro del Parlamento y presidente de la institución benéfica quien, en nombre de su jefe, se sintió obligado a informarse a conciencia de la real situación de la postulante, estalló en lágrimas abiertas y amargas, como las que lloraría una mujer acorralada. El enteco y gentil caballe­ro, luego de contemplarla con el aire de haberse «caído del árbol», abandonó su intento escudándose en observaciones consoladoras. No tenía que angustiarse; la institución no especificaba «viudas sin hijos», en absoluto. De hecho, ello no la descalificaba. Pero la discreción del Comité tenía que ser una discreción informada. Cualquiera podía en-tender su deseo de no ser una carga, etcétera, etcétera.


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