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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.105

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-No. No. Caminar. Hay que caminar.
Mientras trataba de determinar la necesidad aludida, se tartamu­deaba para sí mismo incoherencias totales. Ninguna imposibilidad física se interponía en la ejecución de su capricho. Stevie se las hubiera arreglado con gusto para mantener el paso del caballo escuálido, sin que se le alterara el aliento. Pero su hermana le negó, decidida, su consentimiento.
-¡Qué idea! ¡Dónde se ha visto semejante cosa! ¡Correr detrás de un coche!
Su madre, asustada y desvalida en el fondo del vehículo, suplica­ba:
-¡Oh, Winnie, no lo dejes! Se va a perder. No lo dejes.
Por supuesto que no. ¿Y después, qué? Mr. Verloc va a lamentar tener que oír este disparate, Stevie... te lo aseguro. No se va a poner contento.
La idea de la aflicción y pesadumbre de Mr. Verloc obró con su usual poder sobre la disposición fundamentalmente dócil de Stevie; el muchacho abandonó toda resistencia y volvió a saltar al pescante, con
cara desesperada.
El cochero se dirigió a él, corpulento y con truculenta ira.
-No vaya a hacer otra vez el jueguito tonto, jovencito.
Después de entregarse a un bisbiseo torvo, que se adelgazó hasta extinguirse, prosiguió la marcha, rumiando con solemnidad. Su cerebro encontraba algo oscuro en el incidente. Pero aunque su razón había perdido su prístina vivacidad en los años de sufrir, aterecido, las incle­mencias del tiempo, no era falto de independencia ni de sensatez. Con toda seriedad desechó la hipótesis de que Stevie fuese un mocito borra­chín.
Dentro del coche, el período de silencio en el que las dos mujeres habían soportado hombro contra hombro el traqueteo, los rechina­mientos y ruidos varios del viaje, se rompió con la ocurrencia de Ste-vie. Winnie dejó oír su voz.
-Has hecho tu gusto, mamá. Sólo te lo podrás agradecer a ti mis-ma si no eres feliz en adelante. Y no creo que puedas serlo. No lo creo. ¿No estabas suficientemente cómoda en casa? Diga lo que diga la gente de nosotros ¿tenías que irte así a una casa de caridad?
-Querida- gritó la vieja para hacerse oír por encima del ruido-, has sido la mejor de las hijas para mí. En cuanto a Mr. Verloc...
Le faltaron palabras para el tema de la excelencia de Mr. Verloc y levantó sus ojos viejos, llenos de lágrimas, hacia el techo de la carrin­danga. Luego, con el pretexto de mirar afuera por la ventanilla, para estimar cuánto avanzaban, dio vuelta la cabeza. Se movían apenas, pegados al cordón. La noche, esa noche precoz y sucia, la siniestra, ruidosa, desesperanzada y desapacible noche del sur de Londres la había sorprendido en su último viaje en coche.


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