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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.104

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Stevie se trepó al pescante. Su boca abierta y los ojos apenados reflejaban el estado de su mente ante los sucesos. En las calles estrechas, la marcha era visible para las pasajeras por los frentes de las casas que, deslizándose lentos y trémulos entre el estrépito de puertas y ventanas, parecían venirse abajo al paso del co­che; el caballo escuálido, el arnés colgado de las grupas flacas y gol­peteando suelto en los corvejones, ejecutaba una danza de pasitos me­nudos sobre sus propias patas, con infinita paciencia. Más adelante, en el espacio abierto de Whitehall, todas las evidencias visuales de movi­miento se hicieron imperceptibles. El ruido de puertas y ventanas se esfumó frente al alto edificio del Tesoro y el tiempo mismo se detuvo.
Por último, Winnie hizo una observación:
-Este caballo no es muy bueno.
Sus ojos centellearon de frente, inmóviles, en la sombra del co­che. En el pescante, Stevie cerró primero su boca abierta para proferir con seriedad:
-No lo haga.
El cochero, que sostenía las riendas enroscadas alrededor del gan-cho de su brazo izquierdo, no se dio por enterado. Acaso no oyó lo que le decían. El pecho de Stevie jadeó.
-No lo castigue.
El hombre volvió su rostro hinchado de ebrio, de una policromía aureolada de pelo blanco. Sus ojitos rojos resplandecieron, húmedos; en los labios tenía un tinte violeta. Mantuvo la boca cerrada y con el mango sucio del látigo se refregó la barba cerdosa que brotaba de su enorme mentón.
-No debe hacerlo- tartamudeó Stevie con violencia porque... duele...
-Que no use el látigo- se elijo el otro con un susurro pensativo y de inmediato asestó el latigazo. Lo hizo no porque su alma fuera cruel y su corazón malvado, sino porque quería ganarse el viaje. Y por un rato las paredes de St. Stephen, con sus torres y pináculos, contempla­ron silenciosas un carro que cascabeleaba. Incluso rodaba. Pero sobre el puente se produjo un revuelo; de pronto, Stevie se tiró abajo del pescante. Hubo gritos en la calle, la gente acudió a la carrera, el coche­ro refrenó al caballo, silbando blasfemias de indignación y asombro. Winnie bajó la ventanilla y sacó la cabeza, pálida como un fantasma. En las profundidades del coche, su madre exclamaba con angustia:
-¿Se lastimó ese chico? ¿Se lastimó ese chico?
Stevie no se había lastimado, ni siquiera se había caído, pero, co­mo siempre, la excitación le había quitado la coherencia en las pala­bras. Tan sólo pudo balbucear hacia la ventanilla:
-Demasiado peso. Demasiado peso.
Winnie le paso una mano sobre el hombro.
-¡Stevie! Sube ya mismo al pescante y no te vuelvas a tirar abajo.


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