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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.103

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Era una demanda que temía quebrantar. Además, acaso las susceptibilidades de Mr. Verloc no tolerarían tener que dar las gracias a su cuñado por las sillas en que se sentaba. En su larga experiencia con huéspedes, la madre de Mrs. Verloc había adquirido una lúgubre pero resignada idea del aspecto caprichoso de la naturaleza humana.
¿Y qué pasaba si de pronto a Mr. Verloc se le metía en la cabeza de­cirle a Stevie que se llevara a otra parte su bendito maderaje? Una partición, por otro lado, aunque fuera muy cuidadosa, podía resultar ofensiva para Winnie. No. Stevie tenía que seguir en su indigente de­pendencia. Y en el momento de abandonar Brett Street, dijo a su hija:
-No hay por qué esperar a que yo muera. Todo lo que dejo aquí es tuyo, querida.
Winnie, con el sombrero puesto, silenciosa a espaldas de su ma­dre, la seguía, arreglándole el cuello de la capa. Con la cara impasible, le llevaba una valija y el paraguas. Llegó el momento de gastar la suma de tres chelines y medio en lo que bien se podía suponer que fuese el último viaje en coche en la vida de la madre de Mrs. Verloc. Ambas salieron a la puerta del negocio.
El vehículo que las aguardaba parecía la ilustración de un prover-bio que dijese: «la verdad puede ser más cruel que la caricatura»- si es que tal proverbio existió alguna vez. Un coche de alquiler de ruedas descentradas reptaba por detrás de un caballo misérrimo, con un coche­ro lisiado en el pescante. Esta última circunstancia causaba cierto em­barazo. Al ver un aparato curvo de metal, sobresaliendo de la manga izquierda del saco de ese hombre, la madre de Mrs. Verloc perdió de pronto el heroico coraje de esos días. En verdad no podía creer lo que veía.
-¿Qué te parece, Winnie?
Por un momento se sintió vacilar. Los apasionados rezongos del cochero de ancha cara parecían salir estrujados de su garganta blo­queada. Ladeado en el pescante, resoplaba una casi inaudible indigna­ción. ¿Y qué andaba pasando ahora? ¿Cómo puede ser que se trate así a un hombre? Su figura maciza y sucia llameaba, roja, en el ámbito fangoso de la calle. ¿Le hubieran dado la licencia, preguntaba desespe­rado, si...?
El agente de facción lo tranquilizó con una mirada amistosa; lue­go, dirigiéndose sin demasiadas consideraciones a las dos mujeres, dijo:
-Hace veinte años que maneja el coche. Jamás me enteré de que hubiera tenido algún accidente.
-¡Accidente!- se desgañitó el cochero con un silbido despectivo.
El testimonio del policía liquidó la cuestión. El amontonamiento modesto de siete personas- niños los más- se disolvió. Winnie siguió a su madre al interior del coche.


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