El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.102
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Favoreció, pues, a su hija con una exhaustiva respuesta llena de nombres y enriquecida por comentarios laterales sobre los estragos que el tiempo producía en las facciones humanas. Los nombres eran los de dueños de hoteles con licencia para expendio de bebidas «amigos del pobre papito, querida». Abundó con especial aprecio en la bondad y condescendencia de un importante cervecero, baronet y miembro del Parlamento, presidente de la Junta de Administradores de entidades de beneficencia. Sus expresiones de calidez se debían a que este personaje le había concedido una entrevista a través de su secretario privado- «un caballero muy refinado, todo de negro, con una voz triste, gentil, pero muy, muy suave y tranquila. Era una sombra, querida».
Winnie, que había prolongado la operación de limpieza hasta el fin del relato, salió de la sala y fue a la cocina (dos escalones abajo) con su modo habitual, sin comentarios.
Tras enjugar unas pocas lágrimas, signo de regocijo ante la mansedumbre de su hija frente a este asunto terrible, la madre de Mrs. Verloc dio aplicación a su astucia en la cuestión del mobiliario, que era de su pertenencia personal, aunque a veces hubiera deseado que no lo fuera. El desprendimiento heroico está muy bien, pero hay circunstancias en las que la disponibilidad de unas mesas y sillas, unas camas de bronce y otras cosas por el estilo, puede ser origen de situaciones desastrosas. Necesitaba algunos objetos para sí misma, ya que la Fundación que, luego de muchas peticiones, la había acogido en su seno caritativo otorgaba a su solicitud nada más que un piso pelado y unas paredes ordinariamente empapeladas. La delicadeza que presidió su selección llevándola a las cosas menos valiosas y utilizables, pasó inadvertida, porque la filosofía de Winnie se fundaba en ignorar las motivaciones de los hechos: tan sólo estimó que su madre habría tomado lo que mejor le venía. En cuanto a Mr. Verloc, su intensa meditación, como una especie de muralla china, lo aislaba por entero de los fenómenos de este mundo de esfuerzos vanos e ilusoria apariencia.
Hecha su selección, disponer del resto de sus bienes devino un problema enmarañado y en cierto sentido singular. Por supuesto que los iba a dejar en Brett Street. Pero ella tenía dos hijos. Winnie estaba a salvo, gracias a su sensata unión con Mr. Verloc, ese marido excelente. Stevie era un indigente... y también algo particular. Había que considerar su posición según los principios de la justicia legal y por encima de las tentaciones de parcialidad. La posesión de los muebles no iba a ser un seguro para él. Tendría que haberlos heredado, el pobrecito. Pero dárselos implicaría entrometerse con su posición de completa dependencia.
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