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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.101

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Concebido con la astucia de su corazón inquieto, la vieja mujer había perseguido ese objetivo en secreto y con total determinación. Fue la época en que Winnie no pudo dejar de observar a Mr. Verloc: «ma­má viene gastando media corona o cinco chelines casi todos los días, esta semana, en sus viajes en coche». Pero la observación no implicaba una crítica. Winnie respetaba las debilidades de su madre. Sólo estaba un poco sorprendida ante esa repentina manía locomotriz. Mr. Verloc, que a su modo era bastante desprendido, recibió la noticia con refunfu­ños impacientes, ya que interfería en sus meditaciones, que se habían vuelto frecuentes, profundas y prolongadas; versaban, en realidad, sobre una temática más importante que esos cinco chelines. Más im­portantes y, por encima de toda comparación, más difíciles de conside­rar con filosófica serenidad en cada uno de sus aspectos.
Una vez obtenidos sus fines en astuto ocultamiento, la heroica vieja develó su secreto a Mrs. Verloc. Su alma se sentía triunfante y su corazón trémulo. Por dentro temblaba, porque temía y admiraba el carácter calmo y autocontrolado de su hija Winnie, cuyo desagrado se hacía temible a través de una hosca variedad de silencios amilanantes. Pero no permitió que sus íntimas aprehensiones le arrebataran la ven­taja que le otorgaba su venerable placidez establecida en su aspecto exterior: triple mentón, flotante abundancia del cuerpo gastado, impo­tencia de las piernas.
El impacto de noticia tan inesperada fue evidente: Mrs. Verloc, en contra de su costumbre cuando alguien le hablaba, interrumpió la tarea doméstica en la que estaba empeñada; limpiaba los muebles de la salita detrás del negocio cuando volvió la cabeza hacia su madre.
-¿Con que motivo se te ocurrió hacer tal cosa?- exclamó en medio de un asombro escandalizado.
Tuvo que haber sido un duro choque el que la forzara a abandonar la distante aceptación sin cuestionamiento de los hechos, que constituía su fuerza y salvaguarda en la vida.
-¿No estás suficientemente cómoda aquí?
Hizo estas preguntas, pero un minuto después salvó la coherencia de su conducta retomando la limpieza, mientras la vieja señora perma­necía en su asiento, intimidada y muda, debajo de su dignamente blan­ca cofia y la oscura peluca deslucida.
Winnie repasó una silla e hizo correr el plumero por la caoba del respaldo del sofá de crin, en el que Mr. Verloc, de sobretodo y sombre­ro, gustaba transcurrir sus ocios. Estaba entregada a su trabajo, pero se permitió, luego, una nueva pregunta:
-¿Cómo te las arreglaste, mamá?
Como no afectaba la esencia de las cosas, que Mrs. Verloc, por principio, prefería ignorar, esta curiosidad era excusable. Se refería tan sólo a los métodos. La vieja recibió la pregunta con ansioso alivio, porque le brindaba la posibilidad de hablar con total sinceridad acerca del asunto.


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