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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.100

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No había eco de pasos; se los oía secos, precisos. La aventurera cabeza del Departamento de Crímenes Especiales observaba esas desapariciones, a la distancia, con ojos de gran interés. Se sentía con el corazón ligero, como si hubiese estado emboscado, totalmente solo, en una selva a muchos miles de kilóme­tros de los escritorios y tinteros de las oficinas policiales. Esta alegría y dispersión del pensamiento antes de una tarea de cierta importancia pareciera probar que este mundo nuestro no es un asunto demasiado serio, después de todo. Y el Subjefe de Policía no tenía un carácter inclinado de por sí a la ligereza.
El policía de ronda proyectaba su forma sombría y movediza contra la gloria luminosa de naranjas y limones y se adentró en Brett Street sin prisa. El Subjefe, como si fuera un miembro del hampa, se demoró en la oscuridad, esperando su regreso. Pero ese agente parecía perdido para siempre de la institución; no reapareció: debía haberse ido por el otro extremo de la calle.
Una vez que llegó a esa conclusión, el Subjefe entró por ella y caminó junto a un enorme carro estacionado frente a la vidriera, apenas iluminada, de una casa de comidas. El cartero, adentro, reponía fuerzas y los caballos, con sus grandes cabezas inclinadas hacia el suelo, co­mían su pienso de los morrales, sin pausa. Más adelante, al otro lado de la calle, otro parche sospechoso de luz opaca surgía del frente del ne­gocio de Mr. Verloc, con la vidriera tapada de papeles sostenidos con hirsutas pilas de cajas de tarjetas y tapas de libros. El Subjefe se detuvo a observar desde la vereda de enfrente; no podía haber equivocación. Al costado de la vidriera, la puerta, entornada y trabada con las som­bras de objetos indescriptibles, dejaba escapar hacia el pavimento una estrecha y clara línea de la luz de gas del interior, Detrás del Subjefe, el carro y los caballos, fundidos en un solo bloque, parecían algo vivo: un monstruo negro, cuadrado, que obstruía media calle entre el piafar brusco de las patas herradas, el fuerte entrechocar de los arneses metá­licos y los pesados resoplidos. Al otro lado de una avenida, una amplia y próspera fonda enfrentaba, con su agrio brillo festivo y de mal augu­rio, el extremo final de Brett Street. Esa barrera de luces relumbrantes, por contraposición con las sombras acumuladas alrededor de la humil­de casa, albergue de la felicidad doméstica de Mr. Verloc, arrastraba a sus espaldas la oscuridad de la calleja, haciéndola más tétrica, ominosa y siniestra.
VIII
Mediante persistentes pedidos, la madre de Mrs. Verloc había lo­grado infundir cierta especie de tibieza en el frío trato de varios hotele­ros (relaciones que en una época frecuentara su difunto y desgraciado marido); como consecuencia, había conseguido asegurarse su admisión en determinado hospicio fundado por un hotelero rico con el fin de socorrer a las viudas menesterosas de los hombres de la profesión.


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