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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.99

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Hacerlo le pareció adecuado y completó la operación retorciendo hacia arriba las puntas de su bigote negro. Se sintió satisfecho con las sutiles modifica­ciones de su aspecto personal, surgidas de esos mínimos cambios. «Esto anda muy bien», pensó, «tengo que mojarme un poco, emba­rrarme otro poco...»Percibió a su lado la presencia del mozo y una pilita de monedas de plata en la punta de la mesa que estaba ante él. El mozo tenía un ojo puesto en las monedas y con el otro seguía la grácil espalda de una alta y no muy joven muchacha, que pasó de largo junto a una mesa lejana, como si fuera invisible y por completo vedada. Parecía una clienta habitual.
Al salir, el Subjefe se hizo a sí mismo la observación de que los patrones del lugar, con el hábito de cocinar minutas, habían perdido todas sus características nacionales y privadas. Y esto era extraño, ya que el restaurante italiano es una particular institución británica. Pero esta gente estaba tan desnacionalizada como los platos que servían con toda la ceremonia de una respetabilidad sin sellos. Tampoco la perso­nalidad de ellos tenía ningún sello, ni profesional, ni social, ni racial. Parecían creados para un restaurante italiano, a menos que el restau­rante italiano hubiese sido creado, por ventura, para ellos. Pero esta última hipótesis era inaceptable, ya que no se los puede ubicar en nin­gún lado que no sea alguno de esos especiales establecimientos. Nunca se encuentra a esas enigmáticas personas en ninguna otra parte. Era imposible formarse una idea precisa de cuáles eran las ocupaciones que tenían durante el día y a qué hora se iban a dormir en la noche. Y él mismo, el Subjefe de Policía, se sentía desconocido. Hubiera sido imposible para cualquiera adivinar cuál era su ocupación. En cuanto a eso de irse a dormir, hasta en su propia mente había dudas. Por cierto que no dudaba de su domicilio, sino de la hora en que podría volver allá. Un placentero sentimiento de independencia lo poseyó al oír que la puerta de cristal se cerraba a su espalda con un golpe amortiguado. De inmediato avanzó dentro de una inmensidad de fango pringoso y mampostería mojada, entremezclado con luces, y envuelto, oprimido, penetrado, ahogado y sofocado por la negrura de una noche de niebla londinense, niebla salpicada de hollín y gotas de agua.
Brett Street no estaba muy lejos. Nacía, estrecha, del costado de un espacio triangular abierto, rodeado por oscuras y misteriosas casas, templos del comercio minorista, vacíos de compradores por la noche. Sólo un puesto de frutas, en la esquina, presentaba una violenta llama-rada de luz y color. Más allá todo era negro y las pocas personas que transitaban se desvanecían a paso largo por detrás de los montones relucientes de limones y naranjas.


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