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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.98

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Lo envolvió una lobreguez húmeda y sombría. Las paredes de las casas estaban mojadas, el barro de la calzada brillaba con un efecto de fosforescencia y, cuando emergió de la estrecha ca­lleja al Strand, por el lado de la estación de Charing Cross, el genio del lugar lo poseyó. Podía haber sido uno más de los sospechosos extraños que se ven de noche, merodeando por los rincones oscuros.
Llegó hasta una parada en el borde mismo del pavimento y espe­ró. Sus ojos expertos habían columbrado entre el confuso movimiento de luces y sombras apiñadas en la calle, la marcha acompasada de un coche. No hizo ninguna señal, pero cuando el estribo que se deslizaba junto al cordón llegó hasta su pie, saltó con destreza por delante de la enorme rueda y habló al cochero por la ventanilla, casi antes de que el hombre, desde lo alto de su asiento, se hubiese percatado del pasajero que llevaba.
El viaje no fue largo. Terminó abruptamente, en cualquier lugar, entre dos faroles, frente a una gran tapicería; una larga hilera de nego­cios ya se habían arropado bajo sus cortinas metálicas, para pasar la noche. Tras dar una moneda al cochero a través de la ventanilla, el pasajero descendió y se alejó dejándole la idea de una fantasmagoría pavorosa y excéntrica. Pero el tamaño de la moneda era satisfactorio al tacto, y como no era muy letrado, no lo poseyó el temor de pensar que se le podría transformar en una hoja seca dentro de su bolsillo. Elevado por encima del mundo privado de los pasajeros, por la naturaleza de su oficio, contemplaba el accionar de todos ellos con un interés limitado. La forma vivaz en que hizo dar vuelta a su caballo era muestra de su filosofía.
Entretanto, el Subjefe de Policía ya estaba haciendo su pedido a un mozo, en un pequeño restaurante italiano, que estaba a la vuelta de la esquina; era uno de esos refugios para los hambrientos, largo y es­trecho, atractivo por su perspectiva de espejos y manteles blancos, con poco aire, pero con atmósfera propia: una atmósfera fraudulenta que se burla de una humanidad abyecta en la más apremiante de sus necesida­des miserables. Dentro de ese ámbito de dudosa moral, el Subjefe de Policía, mientras reflexionaba acerca de su cometido, parecía ir per­diendo algo más de su identidad. Tenía una sensación de aislamiento, de maligna libertad. Era bastante grato. Después de pagar su escasa comida, cuando se puso de pie esperando el cambio, se miró en un pedazo de espejo y lo impactó su extraña apariencia. Contemplaba su propia imagen con una mirada melancólica e inquisitiva y, obedecien­do a una repentina inspiración, se levantó el cuello del saco.


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