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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.97

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El simpático Toodles recibió esa declaración con una risita.
-Las pesquerías no van a matarme. Me he cansado en estas últi­mas horas- declaró con ingenua ligereza-. Pero, arrepentido de inme­diato, adoptó el aire caviloso de un hombre de estado, como quien se quita un guante. Su mente es tan poderosa que puede soportar cual­quier trabajo. Son sus nervios los que me preocupan. La pandilla reac­cionaria, con ese bruto insultante de Cheeseman a la cabeza, lo ofende todas las noches.
-¡Si insiste en iniciar una revolución! murmuró el Subjefe.
Ha llegado el momento, y él es el único hombre con envergadura para esa tarea protestó el revolucionario Toodles, ferviente bajo la mirada calma y especulativa del Subjefe de Policía. Lejos, en un corre­dor distante, sonó un timbre; con devota atención el joven prestó oídos a la llamada. Está listo para salir exclamó en un susurro; agarró su sombrero y desapareció de la sala.
De un modo menos elástico, el Subjefe salió por otra puerta. Cru­zó otra vez la amplia avenida, caminó por la calle estrecha y volvió a entrar apresuradamente en el edificio de sus propias oficinas. Detuvo sus pasos acelerados ante la puerta de su oficina privada. Antes de cerrarla por completo, sus ojos inspeccionaron el escritorio. Se detuvo por un momento, luego caminó, miró a su alrededor en el piso, se sentó
en su silla, tocó un timbre y esperó.
-¿El jefe Inspector Heat se ha ido ya?
-Sí, señor. Salió hace alrededor de media hora.
Asintió. «Eso hará.» Sentado todavía, con el sombrero echado ha-cia atrás, pensó que era muy propio de la maldita desfachatez de Heat llevarse, callado, la única evidencia material. Pero lo pensó sin animo­sidad. Los servidores viejos y valiosos se toman libertades. El trozo de abrigo con la dirección cosida encima no era algo que se pudiera dejar en cualquier lado. Alejó de su mente esa manifestación de recelo ante el Inspector Heat, escribió y despachó una nota para su mujer, pidién­dole que lo disculpara ante la protectora de Michaelis, con quien estaba invitado a cenar esa coche.
Detrás de las cortinas de un apartado, en el que había un lavato­rio, un perchero de madera y un estante, se puso un saco corto y un sombrero redondo que hicieron resaltar a las mil maravillas la longitud de su cara grave y oscura. Volvió a la luz plena de su oficina con el aspecto de un frío y reflexivo Don Quijote y los ojos hundidos de un fanático ignorado que adoptase una actitud muy decidida. Abandonó la escena de su actividad cotidiana con la rapidez de una sombra recatada. Bajó a la calle como si bajara a un acuario lodoso del que se hubiera quitado el agua.


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