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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.96

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Cierta impaciencia. Es mi antiguo trabajo, pero con ropas distintas. Esto me ha producido picazón en uno o dos lugares muy delicados.
-Espero que usted adelante algo por allá- dijo Sir Ethelred, con gentileza, extendiendo su mano, suave al tacto pero ancha y fuerte como la mano de un campesino que ha llegado a una alta considera­ción. El Subjefe la estrechó y se fue.
En la sala de espera, Toodles, que había estado esperando apoya­do en la punta de una mesa, le salió al encuentro, dominando su natural animación.
-¿Y? ¿Todo bien?- preguntó con aire importante.
-Perfecto. Se ha ganado mi gratitud eterna- contestó el Subjefe, cuya larga cara parecía un palo, en contraste con la peculiar caracterís­tica de la seriedad del otro, presta siempre a desvanecerse en susurros y risas ahogadas.
-Está bien. Pero, en serio, usted no puede imaginarse cómo está de irritado por los ataques contra su decreto de nacionalización de las pesquerías. Lo llaman el comienzo de la revolución social. Por su­puesto que es una medida revolucionaria. Pero esos tipos no tienen decencia. Los ataques personales...
-He leído los diarios- hizo notar el Subjefe.
-Repugnante, ¿no? Y usted no tiene noción de la cantidad de tra­bajo que tiene que realizar todos los días. Lo hace todo solo. No quiere confiarse en nadie en este asunto de las pesquerías.
-Y con todo me ha concedido media hora para la consideración de mi diminuta mojarrita interrumpió el Subjefe.
-¡Diminuta! ¿Lo es? Me alegra oír eso; pero es una lástima que no la haya podido mantener quieta, entonces. Esta pelea lo enajena terri­blemente. Está llegando al agotamiento. Me doy cuenta por la forma en que se apoya en mi brazo cuando caminamos. Y además me pregunto: ¿estará a salvo en la calle? Mullins hizo venir a sus hombres aquí, esta tarde. Hay un agente plantado en cada farol y una de cada dos personas que encontramos desde aquí hasta el Palacio del Yard es un detective, evidentemente. Eso tiene que afectarle los nervios. Yo digo, esos ban-didos foráneos ¿serían capaces de atentar contra él?... ¿lo serían? Ten­dríamos una calamidad nacional. El país no puede perderlo.
-Por no hablar de usted. Él se apoya en su brazo- rió el Subjefe, con sobriedad-. Se irían ambos.
-¿No será una forma fácil de entrar en la historia, para un hombre joven? No han sido asesinados tantos ministros británicos como para que la cosa constituya un incidente menor. Pero ahora en serio...
-Me temo que si usted quiere pasar a la historia tendrá que hacer algo al respecto. En serio: no hay peligro para ninguno de ustedes, fuera del trabajo excesivo.


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