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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.95

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Asustarlo no será muy difícil. Pero nuestro verdadero objetivo está detrás de él, en alguna parte. Quiero que usted me autorice a darle todas las garantías de seguridad personal que yo estime adecuadas.
-Por supuesto- dijo el personaje parado frente a la chimenea-. In­vestigue todo lo que pueda; investigue a su propio modo.
-Voy a empezar sin pérdida de tiempo, esta misma noche dijo elSubjefe.
Sir Ethelred puso una mano bajo los faldones de su levita y, echando atrás la cabeza, lo miró con fijeza.
-Tenemos una sesión muy larga esta noche. Venga a la Cámara con sus descubrimientos, si todavía no nos hemos retirado. Le advertiré a Toodles que lo espere. Él lo introducirá en mi oficina.
La numerosa parentela y las amplias conexiones del juvenil Se­cretario Privado acariciaban la esperanza de que sería dueño de un austero y eminente destino. Entretanto, la esfera social que él adornaba en sus horas de ocio había elegido mimarlo con ese sobrenombre. Y Sir Ethelred, que lo oía en los labios de su mujer e hijas todos los días, en especial a la hora del desayuno, le había conferido la dignidad de aceptarlo sin sonrisas burlonas.
El Subjefe de Policía se sintió sorprendido y gratificado en ex­tremo.
-Iré, sin duda, a la Cámara con mis descubrimientos, por si usted tiene tiempo para...
-No tengo tiempo- lo interrumpió el gran personaje-. Pero lo veré. Ahora no tengo tiempo... ¿Irá usted en persona?
-Sí, Sir Ethelred. Me parece que es la mejor manera.
El gran personaje había echado tan atrás su cabeza que, para po-der observar al Subjefe, casi tenía que cerrar los ojos.
-Hum. Ajá. ¿Y cómo se propone?... ¿Va a presentarse con otra personalidad?
-¡No totalmente! Me voy a cambiar de ropa, por supuesto.
-Por supuesto- repitió Sir Ethelred, con una especie de altivez distraída. Volvió su pesada cabeza y por encima del hombro echó una soberbia mirada oblicua al voluminoso reloj de mármol, de tenue soni­do. Las agujas habían tenido oportunidad de recorrer no menos de veinticinco minutos a sus espaldas.
El Subjefe de Policía, que no podía verlas, se puso algo nervioso en el intervalo. Pero el Secretario de Estado se volvió hacia él con una cara calmosa y sin desánimo.
-Muy bien- dijo e hizo una pausa, con deliberado menosprecio del reloj oficial-. ¿Pero qué lo ha determinado a seguir este camino?
-Siempre me he manejado según mis corazonadas.
-¡Ah, sí! Corazonadas. Claro. Pero ¿cuál es el motivo inmediato?
-¿Qué puedo decirle, Sir Ethelred? El rechazo de un hombre nue­vo frente a los viejos métodos. El deseo de saber algo de primera ma­no.


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