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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.91

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-No. En la medida en que la objetividad es posible, puedo asegu­rarle que no.
-Sí. Pero su idea de la seguridad- dijo el importante hombre con un ademán desdeñoso de su mano hacia la ventana que daba a la ave­nida exterior- parece consistir en hacer que el Secretario de Estado quede como un idiota. En este mismo salón, hace menos de un mes atrás, me dijeron que sucesos de este tipo era imposible que ocurrieran.
El Subjefe de Policía echó una mirada tranquila en dirección a la ventana.
-Permítame recordarle, Sir Ethelred, que hasta ahora no he tenido oportunidad de darle seguridades de ninguna índole.
Los ojos soberbios se inclinaron ahora para enfocar al Subjefe.
-Es verdad- confesó con voz profunda, suave-. Mandé llamar a Heat. Usted es todavía un novicio en su empleo. ¿Y cómo le va por allá?
-Creo que voy aprendiendo algo todos los días.
-Por supuesto, por supuesto. Espero que adelante.
-Gracias, Sir Ethelred. He aprendido algo hoy, incluso en esta ho­ra pasada, más o menos. Hay muchas cosas en este asunto que no tie­nen el aspecto habitual de un atentado anarquista, incluso si se lo mira hasta sus últimas profundidades. Por eso estoy aquí.
El gran hombre puso los brazos en jarras; el dorso de sus manos se apoyaba en las caderas.
-Bien. Prosiga. Sin detalles, por favor. Ahórreme los detalles.
-No voy a molestarlo con ellos, Sir Ethelred- comenzó el Subjefe con una seguridad tranquila y sin atribulaciones. Mientras iba hablan­do, detrás de la espalda del gran hombre las manos del reloj- una masa pesada y resplandeciente de sólidas volutas, del mismo mármol oscuro que la chimenea, con un tictac fantasmagórico y sordo- recorrieron el espacio de siete minutos. El Subjefe habló con estudiada fidelidad en estilo parentético, en el que cada pequeño hecho- es decir, cada detalle­encajaba con deliciosa holgura. No hubo ni un murmullo ni un gesto de interrupción. El gran personaje podía haber sido la estatua de uno de sus principescos ancestros, desprovisto del equipo de guerra de un cruzado y metido dentro de una mal entallada levita. El Subjefe sintió que tenía vía libre para hablar durante una hora. Pero se dominó y al cabo del tiempo antes mencionado, desembocó en una repentina con­clusión, que al reproducir el aserto que abriera la entrevista, sorprendió en forma agradable a Sir Ethelred por su aparente prontitud y fuerza.
-La clase de hecho que subyace en este asunto, sin gravedad por otro lado, no es común- al menos en esta forma- y requiere tratamiento especial.
El tono de Sir Ethelred se profundizó, pleno de convicción.
-Creo que debe ser así.


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