El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.90
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Ese joven rubio, lampiño, cuyo pelo peinado simétricamente le daba el aspecto de un escolar grande y pulcro, respondió al pedido del Subjefe con aire de duda y el aliento entrecortado.
-¿Si querrá verlo a usted? No sé qué decirle al respecto. Hace una hora salió de la Cámara, caminando, para hablar con el Subsecretario Permanente y ahora está por volverse. Lo deben haber llamado; pero supongo que habrá ido para hacer un poco de ejercicio: es todo el que logrará hacer mientras dure esta sesión. No me quejo; más bien me alegro de estos pequeños paseos. Él se apoya en mi brazo y no abre los labios. Pero está muy cansado, le aseguro, y... bueno... no es el más dulce de sus días el de hoy.
-Se trata del asunto de Greenwich.
-¡Oh! ¡Vaya! Está muy enojado con ustedes. Pero iré a ver, si us-ted insiste.
-Hágalo. Eso se llama ser un buen chico dijo el Subjefe.
El secretario sin renta se sentía admirado ante tanta decisión. Compuso una expresión inocente en su cara, abrió una puerta y avanzó con la seguridad de un niño hermoso y privilegiado. De inmediato reapareció, e hizo un gesto con la cabeza al Subjefe que, tras pasar por la misma puerta abierta para él, se encontró en una amplia sala frente al importante personaje.
Corpulento y alto, con una larga cara blanca, que remataba en una gran papada y parecía un huevo guarnecido por delgadas patillas grisáceas, el gran personaje impresionaba como un individuo que hubiese sido agrandado. Su ropa no lo favorecía en nada; el cruce de su saco negro daba la impresión de que la abotonadura de la prenda hubiese sido estirada al máximo. Desde la cabeza, asentada sobre un cuello grueso, los ojos, con los párpados inferiores hinchados, miraban con una arrogante inclinación a los costados de una nariz ganchuda y agresiva, de noble prominencia en la amplia superficie pálida de la cara. Un sombrero de copa brillante y un par de guantes gastados reposaban, ya listos, en la punta de una gran mesa que también parecía agrandada, enorme.
Este hombre estaba parado frente a la chimenea sobre sus grandes y holgados botines. No dijo una sola palabra de saludo.
-Quisiera saber si esto es el comienzo de otra campaña de dinamita- preguntó de inmediato con voz suave y profunda-. No se pierda en detalles, no tengo tiempo.
Frente a este personaje, la figura del Subjefe de Policía tenía la frágil delgadez de una caña comparada con un roble. Y por cierto que la foja intachable de los antepasados de ese hombre sobrepasaba en número de centurias al roble más antiguo del país.
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