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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.89

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Si llegara el caso, pactaría con el mismo diablo y me atendría a las conse­cuencias. Hay cosas que no a todos les conviene saber.
-Su idea de la reserva parece consistir en que el jefe de su depar­tamento tiene que estar en la ignorancia. Eso es un poco exagerado, ¿no? ¿Ese hombre vive arriba de su negocio?
-¿Quién? ¿Verloc? Oh, sí. Vive arriba de su negocio. Me imagino
que la madre de su mujer vive con ellos. -¿La casa está vigilada? -Oh, por favor, no. Yo no lo haría. Se vigila a algunas personas
que van allí. Mi opinión es que él no sabe nada de este asunto. -¿Cómo explica esto?- el Subjefe señaló el pedazo de tela que estaba sobre el escritorio, frente a él.
-No lo explico, señor. Es simplemente inexplicable. Lo que sé no sirve para dilucidar esto.- El Inspector admitió estas cosas con la fran­queza de un hombre que considera que su reputación es tan firme como una rosa-. Por lo menos por ahora. Pienso que el hombre que más tiene que ver con este asunto es Michaelis.
-¿Usted cree?
-Sí, señor; porque puedo responder por todos los otros.
-¿Qué pasa con el otro hombre, el que se supone que escapó del

parque? -Creo que a esta hora estará bien lejos- opinó el Inspector.
El Subjefe lo miró con dureza y se levantó de pronto, como si se hubiera trazado una línea de acción. En rigor, en ese preciso instante acababa de sucumbir a una tentación fascinante. El jefe Inspector oyó a su superior despidiéndolo, con la orden de volver a verlo a la mañana siguiente, temprano, para proseguir con el análisis del caso. Lo escuchó con una expresión impenetrable y salió de la oficina con paso medido.
Cualesquiera que fuesen los planes del Subjefe, no tenían relación con ese despacho, que era el veneno de su existencia a causa de sus limitaciones y su aparente falta de realidad. Si la cosa no hubiese sido así, la expresión de alegría que se dejó ver en el rostro del Subjefe hubiera sido inexplicable. Tan pronto como quedó solo, tomó su som­brero impulsivamente y se lo puso. Una vez hecho esto, se volvió a sentar para reconsiderar todo el conjunto de la cuestión. Pero, gracias a la disciplina de su mente, no tardó demasiado. Y antes de que el Ins­pector Heat se hubiera alejado camino de su casa, también él abandonó el edificio.
VII
El Subjefe de Policía caminó por un corto y estrecho pasaje que parecía una trinchera mojada y lodosa, luego cruzó una amplia avenida y entró en un edificio público donde solicitó hablar con el joven secre­tario privado (sin renta) de un importante personaje.


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