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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.88

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-No se comprende por qué tenía que salir con una etiqueta así­dijo mirando al jefe Inspector Heat-. Es algo extraordinario.
-En la sala de estar de un hotel encontré una vez a un anciano que andaba con su nombre y dirección cosida en todos sus sacos, para prevenir un accidente o enfermedad repentina- dijo el Inspector-. Con­fesaba tener ochenta y cuatro años, pero no los representaba. Me dijo que también temía perder la memoria de pronto, como le pasa a la gente que había visto salir en los diarios.
Una pregunta del Subjefe, que quería saber qué era el número 32 de Brett Street, interrumpió esa reminiscencia abruptamente. El Ins­pector, llevado a tierra con artificios desleales, había elegido transitar la senda de una apertura sin reservas. Si bien creía firmemente que saber demasiado no era bueno para el departamento, sólo en bien del servicio, y hasta donde su lealtad se atrevía a ir, era capaz de un juicio­so ocultamiento de datos. Si el Subjefe quería mal manejar este asunto, nada, por supuesto, podría impedírselo. Pero, por su parte, no veía ahora ninguna razón para un despliegue de agudezas. Así que su res­puesta fue concisa:
-Es un negocio, señor.
El Subjefe, con los ojos dirigidos hacia el pedazo de tela azul, es­peraba más información. Como no llegó, procedió a obtenerla me­diante una serie de preguntas planteadas con paciencia gentil. Así se hizo una idea de la naturaleza del comercio de Mr. Verloc, de su apa­riencia personal y por último oyó su nombre. En una pausa, el Subjefe levantó sus ojos y entrevió cierta animación en la cara del Inspector. Se miraron en silencio.
-Por supuesto- dijo el último-, el departamento no tiene ficha de ese individuo.
-¿Alguno de mis predecesores tenía conocimiento de lo que usted acaba de decirme?- preguntó el Subjefe, mientras se acodaba sobre la mesa y levantaba sus manos cruzadas hasta la altura de su cara, como si fuera a ofrecer una plegaria, sólo que sus ojos no tenían una expre­sión piadosa.
-No, señor; por cierto que no. ¿Para qué querían saberlo? Este ti-po de hombre no puede presentarse en público con un fin útil. Para mí era suficiente saber quién era y utilizarlo de modo que fuera útil ante la opinión pública.
El Subjefe hizo una observación importante:
-Esta vez le falló.
-No tenía ningún tipo de sospecha- respondió el Inspector Heat-.

No le pregunté nada, así que él nada pudo decirme. No es uno de nuestros hombres. No le pagamos ningún sueldo. -No- murmuró el Subjefe, es un espía a sueldo de un gobierno extranjero. Nunca podremos reconocerlo.
-Yo debo hacer mi trabajo a mi manera- declaró el Inspector-.


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