El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.87
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Y como no hay quien no sea parcial, el pensamiento del jefe Inspector Heat se volvió amenazante y profético: «Usted, hijo mío» se dijo para sí, manteniendo sus ojos redondos, y por lo general errabundos, fijos en la cara del Subjefe, «usted, hijo mío, no sabe cuál es su lugar y apuesto a que dentro de poco también dejará de verlo».
Como si fuera una respuesta provocada por ese pensamiento, algo así como el fantasma de una sonrisa amistosa pasó a través de los labios del Subjefe. Su actitud era condescendiente y formal, mientras persistía en dar otro sacudón a la cuerda.
-Veamos ahora qué descubrió en el lugar del hecho, Inspectordijo.
«Un tonto y su trabajo se comparten pronto» avanzaba por su propia vía el pensamiento profético en la mente del Inspector Heat. Pero de inmediato se hizo la reflexión de que un alto oficial, aunque esté quemado (ésa era la imagen exacta), tiene aún tiempo para volar por la puerta y darle una buena patada en las canillas a algún subordinado. Sin suavizar demasiado su mirada fija y viperina dijo, impasible:
-Estamos llegando a esa parte de mi investigación, señor.
-Eso es. Bien ¿qué trajo de allá?
El jefe Inspector, que había hecho saltar a su mente lejos de la cuerda, aterrizó con melancólica franqueza.
-Traje una dirección- dijo, y sacó sin prisa de su bolsillo un pedazo chamuscado de trapo azul oscuro-. Esto, pertenece al sobretodo que llevaba puesto el tipo que se voló en pedazos. Por supuesto, el sobretodo puede no haber sido de él y quizá haya sido robado. Pero eso no es muy probable si se fija en esto.
El Inspector, adelantándose hacia el escritorio, extendió con cui-dado el pedazo de tela azul. Lo había sacado del repulsivo revoltijo en la morgue, porque a veces se encuentra bajo el cuello el nombre de un sastre. A menudo no sirve de nada, pero con todo... Esperaba encontrar algo medianamente útil, pero no había pensado encontrar no bajo el cuello sino cosido con esmero bajo una punta de la solapa un trozo de tela de algodón con una dirección escrita con tinta de sellos.
El Inspector apartó su mano.
-Lo agarré sin que nadie lo supiera- dijo-. Pensé que era lo mejor. Siempre se puede explicar luego, si es necesario.
El Subjefe, levantándose un poco de su silla, atrajo el pedazo de tela hacia sí. Se sentó mirándolo en silencio. Sólo el número 32 y el nombre de la calle Brett Street, estaban escritos con tinta de sellos en un trozo de tela de algodón apenas más grande que un papel común para cigarrillos. Su sorpresa era genuina.
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