El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.86
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Tal vez no lo averigüemos nunca. Pero está claro que hay una conexión entre ambos, y la podemos descubrir sin mucho trabajo.
Heat tenía una expresión de grave y despótica indiferencia, en un tiempo familiar y muy temida por los más escogidos criminales. A pesar de ser lo que suele incluirse en la categoría de hombre, el Inspector no era un animal sonriente. Pero su estado interior era de satisfacción ante la actitud de receptividad pasiva del Subjefe, que murmuró con gentileza:
-¿Y usted piensa que esta investigación debe orientarse por ese camino?
-Sí, señor.
-¿Está convencido?
-Sí, señor. Ése es el camino seguro que debemos tomar.
El Subjefe de Policía quitó el apoyo de su mano a la cabeza reclinada con una brusquedad que, tomando en cuenta su lánguida pose, entrañaba una amenaza de colapso para toda su persona. Pero, en cam-bio, se mantuvo sentado, alerta, detrás del enorme escritorio sobre el que cayó la mano, resonando en un fuerte golpe.
-Lo que quiero saber es qué cosas ha maquinado su cabeza hasta ahora.
-Lo que ha maquinado mi cabeza- repitió con gran lentitud el jefe Inspector.
-Sí. Hasta el momento de ser llamado a esta oficina... ya sabe.
El Inspector sintió que el aire entre sus ropas y su piel se había vuelto desagradable y caliente. Era la sensación de una experiencia sin precedentes e increíble.
-Por supuesto dijo- exagerando lo más posible el tono deliberado de su declaración- si hay un motivo, que desconozco, para dejar en paz al convicto Michaelis, tal vez esté bien que no haya enviado a la policía del condado en su busca.
Le tomó tanto tiempo decir estas palabras, que la atención inmutable del Subjefe adquirió el valor de una magnífica hazaña de persistencia. La respuesta llegó sin demora.
-Ningún motivo, que yo sepa. Vamos, Inspector, está fuera de lugar que usted use esos artilugios conmigo; fuera de lugar. Y también es injusto, bien lo sabe. No me va a dejar así, desenredando estas cosas por mí mismo. Realmente estoy sorprendido-. Hizo una pausa y agregó, con blandura-. No necesito decirle que esta conversación es por completo extraoficial.
Esas palabras estuvieron muy lejos de apaciguar al jefe Inspector. La indignación del equilibrista traicionado se hacía fuerte en su interior. En su orgullo de servidor de confianza, estaba seguro que la cuerda no era sacudida para que él se rompiera la cabeza, sino como una exhibición descarada. ¡Como si alguien tuviera miedo! Los Subjefes vienen y van, pero un jefe Inspector valioso no es un fenómeno efímero de oficina. No tenía miedo de romperse la cabeza. Que le estropearan su labor era más que suficiente para explicar el ardor de una indignación honesta.
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