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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.85

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Era legal y sensato, de acuerdo con los hechos. Sus dos jefes anteriores se hubieran dado cuenta de inmediato, mientras que éste, sin decir ni sí ni no, estaba sentado allí, como si anduviera perdido en un sueño. Por otra parte, además de ser legal y sensato, el arresto de Michaelis resol­vía una pequeña dificultad personal que de algún modo preocupaba al jefe Inspector Heat. Esa dificultad se relacionaba con su reputación, su comodidad e incluso con el eficiente cumplimiento de sus deberes. Aunque Michaelis, sin duda, sabía algo acerca de este atentado, el Inspector estaba bien seguro de que él no debía saber demasiado. Eso era así y nada más. Debía saber mucho menos- el inspector era objeti­vo- que algunos otros individuos que tenía presentes, pero cuyo arresto le parecía inoperante, además de constituir un hecho muy complicado, tomando en cuenta las reglas del juego. Las reglas del juego no prote­gían demasiado a Michaelis, que era un ex convicto. Sería idiota no aprovechar las ventajas de las facilidades legales, y los periodistas que lo habían ensalzado entre borbotones emotivos estarían listos para vilipendiarlo con emotiva indignación.
Esta perspectiva, contemplada con presunción, tenía el atractivo de un triunfo personal para el jefe Inspector Heat. Y muy hondo en su corazón sin tacha de ciudadano medio, casado, de modo inconsciente pero no obstante poderoso, también el disgusto de verse obligado por los acontecimientos a enfrentarse con la desesperada ferocidad del Profesor tenía su propio peso. Ese disgusto se había puesto de mani­fiesto, después del casual encuentro en el callejón. La situación no había dejado en el Jefe Inspector Heat ese satisfactorio sentimiento de superioridad que los miembros de la policía obtienen del extraoficial pero estrecho nexo con los ambientes criminales, por el que la vanidad del poder se mitiga y el vulgar gusto por la dominación sobre nuestros semejantes recibe una lisonja tan honorable como le corresponde.
El perfecto anarquista no era un semejante para el jefe Inspector Heat. Era insoportable; un perro rabioso debe estar solo. No se trataba de que el Inspector le tuviera miedo; por el contrario, se disponía a atraparlo algún día. Pero no ahora: pensaba arrestarlo en el momento oportuno, adecuado y efectivamente, según las reglas del juego. El presente no era el momento preciso para intentar esa proeza, y no lo era por muchas razones, personales y del servicio público. Como tal era la fuerte convicción del Inspector Heat, le parecía justo y adecuado desviar el caso de su pista oscura e inconveniente, que llevaría Dios sabe adónde, hacia una tranquila (y lícita) vía muerta llamada Michae­lis. Y repitió, como si reconsiderara muy a conciencia la sugerencia:
-La bomba. No diría eso exactamente.


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