El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.84
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Encajado a duras penas en la estrechez de una vieja butaca de madera, frente a una mesa apolillada de roble, en el cuarto alto de una villa de cuatro habitaciones con techo de tejas musgosas, Michaelis estaba escribiendo día y noche, con su mano temblona y sesgada, esa Autobiografía de un prisionero, que iba a ser como el libro de la Revelación en la historia de la humanidad. Las condiciones de limitación, encierro y soledad en una casa pequeña, eran favorables para su inspiración. Era como estar en la cárcel, sólo que ahora nunca era perturbado por la odiosa orden de hacer ejercicios, como sucedía, según las tiránicas reglas de su antiguo hogar, en la prisión. No podía decir si el sol brillaba o no sobre la tierra. La transpiración del trabajo literario brotaba en su frente. Un delicioso entusiasmo lo impulsaba: liberada su vida interior, dejaba escapar su alma hacia el mundo vacío. Y el celo de su cándida vanidad (despierta por primera vez a causa de las quinientas libras que le había ofrecido un editor) parecía algo predestinado y sacrosanto.
-Lo mejor sería, por supuesto, tener información exacta- insistió el Subjefe, sin inocencia.
El jefe Inspector Heat, consciente de que se renovaba su irritación ante este despliegue de escrupulosidad, dijo que la policía del condado había sido notificada desde el primer momento de la presencia de Michaelis y que se podía obtener un informe completo en pocas horas. Un telegrama al comisario...
Así habló, con cierta lentitud, mientras su mente iba sopesando las consecuencias, cuyo signo visible fue un leve fruncimiento del entrecejo de su superior. Pero lo interrumpió una pregunta:
-¿Ya envió ese telegrama?
-No señor- contestó como si estuviese sorprendido.
El Subjefe descruzó sus piernas de pronto. La brusquedad de ese movimiento contrastaba con el tono casual que empleara en su sugerencia.
-¿Por ejemplo, usted cree que Michaelis tuvo algo que ver en la preparación de esa bomba?
El Inspector adoptó un aire reflexivo.
-No diría eso. No hay necesidad de decir nada, por el momento. Él trata individuos que están clasificados como peligrosos. Fue elegido delegado del Comité Rojo menos de un año después de haber obtenido su libertad condicional. Una especie de regalo, supongo.
Y el jefe Inspector rió con un poco de ira, con un poco de desprecio. Con un hombre como aquel, la escrupulosidad era un sentimiento fuera de lugar y hasta ilegal. En el fondo de su corazón había nacido el encono frente a la fama que, al ser liberado, otorgaran a Michaelis dos años atrás algunos periodistas emotivos, en busca de mayores tiradas. Era perfectamente legal arrestar a ese hombre a la menor sospecha.
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