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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.83

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Página 83 de 205


No se trataba ni de los ojos ni de los labios. Era extraño. ¿Pero no cuenta Alfred Wallace, en su famoso libro sobre el archipiélago mala-yo, que entre los isleños aru encontró en un viejo salvaje desnudo de piel oscura un parecido especial con un entrañable amigo de su tierra?
Por primera vez desde que había obtenido su cargo, el Subjefe de Policía sintió como si fuera a hacer un trabajo efectivo para merecer su salario. Y fue una agradable sensación. «Lo voy a dar vuelta como a un guante viejo» pensó el Subjefe, mientras mantenía los ojos meditabun­dos fijos en el Jefe Inspector Heat.
-No, ésa no era mi idea- comenzó otra vez-. Nadie duda de su co­nocimiento del oficio, nadie; y por eso yo...- se detuvo y prosiguió cambiando de tono-. ¿Qué dato específico lo encaminó hacia Michae­lis? Quiero decir aparte el hecho de que los dos hombres bajo sospecha (usted está seguro que fueron dos de ellos) venían de una estación que está a tres kilómetros del pueblo donde Michaelis está viviendo ahora.
-De por sí, señor, eso nos basta para que vayamos tras ese tipo de hombre dijo el jefe Inspector, recuperando su calma. El débil movi­miento de aprobación de la cabeza del Subjefe sirvió para aplacar el resentido asombro del oficial renombrado. Porque el jefe Inspector Heat era un hombre bondadoso, marido excelente, padre devoto, y la confianza que el público y el departamento le dispensaban influyó en forma positiva sobre su naturaleza afable, predisponiéndolo a compor­tarse como amigo frente a los sucesivos subjefes que había visto pasar por ese mismo salón. Conoció tres. El primero, un individuo marcial, abrupto, de cara roja, con cejas blancas y temperamento explosivo, era manejable con un hilo de seda; desapareció al llegar a la edad límite de servicio. El segundo, un perfecto caballero, conocedor exacto de su propio lugar y del de los demás, al renunciar para asumir un cargo más elevado fuera de Inglaterra, fue distinguido por los servicios que, en rigor, había prestado el Inspector Heat. Trabajar con él había sido mo­tivo de orgullo y de placer. El tercero, algo así como un tapado del primero, al cabo de dieciocho meses era una especie de tapado incluso del departamento. Por sobre todo el jefe Inspector Heat lo creyó, en lo fundamental, inofensivo... extraño, pero inofensivo. Ahora le estaba hablando y el Jefe Inspector escuchaba con deferencia superficial (no significativa, porque se trataba de una actitud de rutina) y, por dentro, con tolerancia benevolente.
-¿Michaelis comunicó, antes de irse al campo, que dejaría Lon­dres?
-Sí, señor. Lo hizo.
-¿Y qué puede estar haciendo allá?- siguió preguntando el Subje­fe de Policía, que estaba muy bien informado sobre el particular.


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