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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.82

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Forzado en forma inesperada a concentrar sus facultades en la tarea de mantener su equilibrio, se había aferrado a ello y expuesto a sí mismo a una reprimenda; en efecto, el Subjefe, con el entrecejo apenas fruncido, observó que ésa era una pregunta muy inadecuada.
-Pero ya que la ha hecho- continuó con frialdad- le diré que no quise decir eso.
Hizo una pausa y le asestó una mirada de sus ojos hundidos que era el pleno equivalente de palabras finales no dichas: «y usted lo sa-be». El Jefe del así llamado Departamento de Crímenes Especiales, privado por su posición de la posibilidad de investigar en persona y en la calle los secretos escondidos en los pechos culpables, era proclive a ejercer sus considerables dotes para detectar verdades acusatorias entre sus propios subordinados. Y no podía llamarse debilidad a ese instinto peculiar. Era natural. El Subjefe había nacido detective. En forma inconsciente ese instinto había determinado la elección de su carrera y si alguna vez en la vida lo había engañado, fue, tal vez en la única y excepcional circunstancia de su matrimonio... lo que también es natu­ral. Ya que no podía ponerlo en práctica afuera, lo alimentaba con el material humano que le llegaba a su oficina de funcionario. Nunca podemos dejar de ser nosotros mismos.
El codo sobre el escritorio, sus flacas piernas cruzadas y la palma seca de su mano acariciando una mejilla, el Subjefe a cargo de la sec­ción de Crímenes Especiales se iba posesionando del caso con interés creciente. Su jefe Inspector, aun cuando no fuese el adversario perfecto para su propiedad de penetración, era, entre todos los que estaban bajo su égida, el más benemérito en la materia. Desconfiar de las reputacio­nes ya establecidas estaba en la estricta línea de la habilidad del Subje­fe como detector. Su memoria evocaba a un viejo jefe nativo, gordo y acaudalado, de la lejana colonia, quien, por tradición de los sucesivos gobernadores coloniales, era receptáculo de la confianza oficial y reci­bía el título de amigo seguro y sostenedor del orden y la legalidad establecidos por los hombres blancos; no obstante, al ser examinado con escepticismo, se descubrió como buen amigo de sí y de nadie más. No precisamente un traidor, pero sí un hombre de muchas reservas, peligrosas en cuanto a fidelidad, originadas en el correspondiente res­peto por las ventajas, comodidades y seguridad propias. Un individuo casi inocente en su ingenua duplicidad, pero no uno de los menos peli­grosos. De pronto hizo un descubrimiento. Aquel jefe nativo era forni­do también y (dejando de lado la diferencia de color, por supuesto) el aspecto del jefe Inspector Heat traía esa figura a la mente de su supe­rior.


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