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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.81

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Pero detrás de la firmeza profesional y pétrea había algo de sorpresa, porque el jefe Inspector Heat, la mano derecha del departamento, no estaba acostumbrado a que lo interpelaran en ese tono, que combinaba muy bien la nota de desdén con la impaciencia. Comenzó con palabras dilatorias, como quien es tomado de sorpresa por una experiencia inesperada.
-¿Qué tengo contra ese hombre Michaelis, quiere decir usted, se­ñor?
El Subjefe observó la cabeza redonda, las puntas de ese bigote de pirata escandinavo que caían por debajo del pesado maxilar cuyos rasgos firmes se perdían en una carnosidad excesiva, las astutas arrugas que se expandían desde los ángulos externos de los ojos... y en esa contemplación intencionada del valioso y confiable oficial, encontró una certeza tan repentina que se sintió impulsado como por una inspi­ración.
-Tengo motivos para pensar que cuando usted llegó aquí- dijo con tono medido- no era Michaelis quien estaba en su mente; no en el pla­no focal, y tal vez en ningún otro.
-¿Tiene motivos para pensarlo, señor?- murmuró el jefe Inspector Heat demostrando todos los indicios de un asombro que, hasta cierto punto, era bastante genuino. Había descubierto en este asunto una veta delicada y confusa, que impulsaba al descubridor a usar una cierta insinceridad; ese tipo de insinceridad que, bajo los nombres de destre­za, prudencia o discreción, surge en una u otra fase de la mayoría de los asuntos humanos. En ese momento se sintió como un equilibrista que de pronto, en mitad de su actuación, viera salir al empresario de la sala precipitándose desde su oficina al escenario para sacudir la cuerda. La indignación, el sentido de inseguridad moral engendrado por un procedimiento tan alevoso, unida al inmediato temor de que le cortaran el cuello, lo puso, como dice la lengua coloquial, en un apuro. Y asi­mismo experimentó cierto desasosiego escandalizado en cuanto a su propio arte, ya que un hombre debe identificarse con algo más tangible que su propia personalidad y establecer su orgullo sobre una base, ya sea sobre su posición social, o bien sobre la calidad del trabajo que está obligado a hacer, o simplemente sobre la superioridad del ocio que tiene la fortuna de gozar.
-Sí- dijo el Subjefe-, los tengo. No quiero decir que no haya pen­sado para nada en Michaelis. Pero usted está dando al hecho que ha mencionado una importancia que no puedo considerar con total candi­dez, Inspector Heat. Si ésta en realidad es la pista ¿por qué no la ha seguido de inmediato, yendo en persona o enviando a uno de sus hom­bres a ese pueblo?
-¿Estima que he faltado a mi deber, señor?- preguntó el jefe Ins­pector con un tono al que intentó dar una nota de simple reflexividad.


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