El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.80
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Era imposible predecir si iba a rugir o no. En última instancia esto dependía, por supuesto, de la prensa. Pero en todo caso, el jefe Inspector Heat, abastecedor de prisiones por oficio y hombre de instintos legales, creía, dentro de la lógica, que la encarcelación era el destino justo para todo enemigo declarado de la ley. En la vehemencia de esa convicción, cometió una falta de tacto. Se permitió una risita fatua y repitió:
-Puede creerme, señor.
Un tarugo cuadrado destroza los bordes de un orificio redondo: el Subjefe sentía como un ultraje cotidiano esa preestablecida, pulida redondez en la que un hombre de hechura angular, menos abrupta, se hubiera acomodado con voluptuosa aquiescencia, después de encogerse de hombros una o dos veces. Lo que más le molestaba era justa-mente la necesidad de creer. Al oír la risita del jefe Inspector Heat, giró sobre sus talones, como si una descarga eléctrica lo hubiera apartado de la ventana. En la cara de su subordinado vio no sólo la complacencia lógica para esa ocasión, escondiéndose bajo el bigote, sino también vestigios de una experimentada vigilancia en los ojos redondos, que habían estado clavados en su espalda, sin duda, y ahora se encontraron con su mirada por un segundo, antes de perder su decidida fijeza y de tener tiempo para cambiar esa actitud por la de liso y llano temor.
El Subjefe de Policía poseía, por cierto, algunas cualidades para desempeñar ese cargo. De pronto despertaron sus sospechas. Ni hay que aclarar que sus sospechas acerca de los métodos de la policía (a menos que se tratara de un cuerpo semimilitar organizado por él mis-mo) se suscitaban sin dificultad; si alguna vez se adormecían por mero cansancio, era sólo un instante; y su evaluación del celo y la habilidad del jefe Inspector Heat, moderada en sí, excluía toda noción de confiabilidad moral. «Anda detrás de algo», exclamó mentalmente y de inmediato se puso furioso. Caminó hacia su escritorio con rápidas zancadas y se sentó con violencia. «Aquí estoy varado en este nido de papeles», reflexionó, con un resentimiento irracional; «se supone que tengo todos los hilos en mis manos y apenas puedo manejar lo que ponen en mis manos y nada más. Mientras tanto ellos pueden acomodar las otras puntas de los hilos donde mejor les parezca».
Levantó la cabeza y volvió hacia su subordinado un rostro largo, enjuto, con los rasgos patéticos de un enérgico Don Quijote.
-¿Qué se trae ahora en la manga?
El otro lo miró con asombro. Lo miró con asombro, sin pestañear, los ojos redondos en perfecta inmovilidad, como solía hacerlo frente a los distintos criminales cuando, después del debido apercibimiento, ellos hacían sus relatos en tono de inocencia injuriada, falsa simplicidad o tétrica resignación.
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